Fear according to Linus

27 04 2009

a lo lejos se avistan
sus inmensas corazas
sus viscosos y retorcidos
cuernos coronados por ojos
de otros mundos

nadie puede contar
lo que queda a su paso
nadie ha sido capaz
de volver hacia acá
después de haber sido cubierto por su manto

en tanto, aquí esperamos
dormidos con los ojos abiertos
abiertos como platos
inmóviles como Gullivers
atados por un ejército
de hormigas descerebradas
que corren como locas

retumba el estregar
de su vientre en el suelo
avanzan decididos
gigantes e imparables
los caracoles

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Circus: la crisis (i)

27 04 2009

El señor Orff se sentó a la mesa. El hule a cuadros verdes y blancos le daba algo de vértigo. Se lo había dicho al cocinero una y mil veces, pero a él sólo le interesaba la comida; lo demás le parecía accesorio. La lámpara de emergencia, la antorcha, como la llamaban normalmente, era la única fuente de iluminación en la pequeña sala separada de los fogones por una mugrienta cortina ignífuga. Orff llegaba el último como siempre, después de haber hecho la caja del día y asegurarse que la carpa estaba en orden, lista para la función del día siguiente. Su plato le esperaba. El olor de las truchas casi crudas, ligeramente pasadas por la sartén a fuego vivo, le traía siempre a la memoria los lejanos días de su niñez en que pescaba junto a su madre en primavera. Entonces las comía crudas de verdad, con un ligero regusto a musgo e insectos de río; ahora las prefería algo quemadas por fuera. Tantos años de pueblo en pueblo le habían humanizado y se sentía más integrado con el resto del personal si su comida tenía un aspecto cocinado, al menos por fuera.

Los demás estaban ya acabando su guiso, un gulash muy espeso y con demasiado pimentón, cocinado durante tanto tiempo que la carne se deshacía nada más meterla en la boca. La señorita Olie, la trapecista más anciana del mundo, terminó de deglutir despacio su último trozo de carne y sólo después lo miró de reojo. Orff esperaba ese momento. La señorita Olie era anunciada como Mademoiselle Turul, el halcón magiar, pero la verdad es que a su edad asemejaba más a un gorrioncillo. Aún recordaba cuando se la presentaron. Él, lleno del ímpetu y las ganas de comerse el mundo propios de la juventud. Se había divertido enormemente con los otros dos novatos que se habían sumado al equipo en aquella ronda de reclutamiento. El remolque era lo suficientemente grande para permitirles estar a sus anchas y habían jugado sin cesar todo el camino. Primero a la lucha, luego a adivinar en qué mano escondían la manzana, una de esas pequeñas, salvajes, en su punto de acidez y dulzura, más tarde a sacar la lengua por debajo de la lona que cubría el remolque para atrapar algunas gotas de lluvia y, finalmente, habían cantado como locos, desentonados, aunque por aquel entonces él no dominaba el idioma y se había limitado a seguirlos tarareando las melodías. Nada más pararse el camión, apenas se abrieron  las puertas del remolque, había saltado. Al aterrizar en el suelo, se dio de bruces con la tierra albariza, esponjosa, ligeramente empapada por la tenue pero persistente llovizna. Carl, ésta es la señorita Olie Turul, oyó decir al conductor. Cuando levantó los hocicos del suelo la vio imponente, mirando desde lo alto de lo que parecía un trono, enmarcada bajo un paraguas blanco resplandeciente que a modo de aureola distorsionaba los primeros rayos escabullidos de entre las nubes. Esa imagen quedó grabada en su memoria para siempre. Y aunque aquella esfinge fue transformándose a medida que él se incorporaba en un ser minúsculo y ligero, una mujer escuálida, ya por aquel entonces bastante anciana, que se desplazaba en silla de ruedas, jamás discutió el señor Orff el sobrenombre del halcón magiar, ni siquiera cuando, con su voto en contra, fue ascendido a director del circo.





Gastromium. Un restaurante sibarita?

19 04 2009

Según la RAE, úsase “sibarita” cuando una persona se trata con mucho regalo y refinamiento. Sin embargo, muchos reclaman que se distinga entre el placer (tal vez desordenado) de la arrogancia ostentosa, presuntuosa y petulante, y lo que es la satisfacción que un sibarita obtiene de las cosas, encontrando en el sibaritismo, más que ostentación, algo ligado a la búsqueda del placer, que como cualquier camino de perfección requiere un aprendizaje.

En una tierra tan dada a la celebración de lo local en sus formas más primitivas, a la maravillosa cultura del tapeo y en la que la calidad de la materia prima parece excusar a todos de la necesidad de ir adelante en ese -difícil- camino de destilar los placeres del comer, en esta Sevilla provinciana, yo diría que la del Gastromium encaja mucho más con la segunda acepción de la palabra sibarita que con la primera.

Restaurantes de los primeros en estos lares sevillanos tenemos unos cuantos, pura apariencia, ostentación y fachada, refinamiento y reverencia, y luego nada o pura cocina de la tierra disfrazada. Y para eso, las reverencias me las hago yo a mucho menor coste y resultados de calidad similar. Sibaritas de esos, a patadas. Prefiero con mucho los tradicionales, que hacen buena la definición de que las tapas en Andalucía occidental son cocina tradicional en platos pequeños.

Restaurantes sibaritas de los segundos, con los dedos de una mano o menos los contamos. Y ahí entra Gastromium, luchando en ese camino hacia la excelencia en el hacer gozar a sus comensales. Como todo camino de perfección requiere sacrificio y cuesta. Pero lo que se invierte es devuelto en calidad, corazón y buen hacer, desde la cocina -gracias José Luis Carabias, por invitarnos a visitar Némesis- a la sala, donde la tranquilidad de esta ciudad en un domingo a mediodía entre Semana Santa y Feria nos permitió disfrutar de algunas explicaciones a dueto entre Juan Carlos Téllez y Paco Ponce la mar de divertidas.

Gastromium es, hoy por hoy en Sevilla, una nave de ciencia ficción que ha sabido traer ese corazón e innovación que esperábamos muchos. Por eso se me hace raro lo de “restaurante sibarita”; porque yo a su hacer lo llamaría más una cocina innovadora de excelente calidad en este erial que es Sevilla en cuanto uno sale de lo tradicional. Lo de sibarita, con su doble acepción, se me queda corto.

Esperemos que la nave de Gastromium pueda establecer aquí su base durante mucho tiempo, y que no sea sólo una visita de exploración a esta ciudad anclada en el pasado. Hacía mucho tiempo que no disfrutabamos tanto.





Soy el jaguar

18 04 2009

La ciudad aparece plúmbea ante mí. La lluvia cala las copas y, en vez de refugio, las ramas de los árboles hacen de canalones, escorrentías que lanzan con fuerza el agua hacia el suelo. Me subo la solapa del abrigo. Es uno de esos de antes, de lana, con un punto tan cerrado que casi lo hace impermeable, cerrado como las nubes que devuelven a la ciudad toda su luz grisácea, algo áspera, de papel de lija. Voy a comprar tabaco, le comenté a Clara, y esta vez era cierto. El aguacero que está cayendo no es óbice para que yo me pueda fumar el pitillo de después de la cena. Preferiría hacerlo en casa, pero ella lo ha dejado un par de meses atrás y pasa esa fase hipersensible de los exfumadores recientes. Ya que he de caminar, me pararé a tomar algo. Es domingo y los bares del barrio no abren, así que tendré que llegar hasta Paseo de la Esperanza o hasta Riachuelo si me apuras, dije cerrando la puerta. Haz lo que quieras, respondió, pero despiértame para ir a la cama cuando vuelvas, seguro que me quedo sopa en el sofá mirando La Palabra.

Soy el jaguar. Soy el jaguar, me oigo decir en mi cabeza. Soy el jaguar, y el paso ligero me hace sentir en mi pecho la punta de los cuchillos envainados en el forro de abrigo. ¿Por qué he cogido los cuchillos esta vez?, sólo salía a comprar tabaco. Me puede la costumbre. Y el olor de la lluvia en el asfalto. Una lluvia que me hace ver aún más la ciudad como una jungla, como escenario de caza. Soy el jaguar y así me llaman los periódicos. Aunque yo, siempre que me presento cada inicio de curso con la clase a rebosar, dejo claro que prefiero que me llamen por mi nombre. Soy el jaguar, me oigo decir en mi cabeza, pero otra frase pronuncian mis labios cada octubre. Siempre la misma, para inaugurar el semestre. Llamadme Ismael, les digo, llamadme Ismael. Ya he cruzado dos avenidas, ni un bar abierto, ni un alma por la calle. Soy el jaguar y voy a la búsqueda de un paquete de tabaco. Me queda aún un buen trecho hasta Riachuelo, cinco manzanas y el aparcamiento. Soy el jaguar bajo la lluvia.





cómo hemos cambiado

9 04 2009

mamen3

Ordeno el estudio, quito cajas, apilo papeles, tiro algunas tablas y cambio el sofá cama pequeño y mi mesa de sitio. La serré hace poco, cortando un codo que daba más fastidio que avío. Entre los papeles encuentro una foto, de hace unos veinte años. Tú sentada -en la plaza octogonal de Siena, quizás-, en un viaje que yo nunca hice, una copia ampliada que saqué de algún negativo que alguien me pasó o incluso de una foto impresa que a su vez fotografié con un macro.

En aquellos tiempos yo hacía fotos sin parar, al mundo, a los insectos, con una réflex de cuarta marca, y revelaba en el único baño que no era de nadie en la casa de mis padres. En aquellos tiempos, os veía a todos llenos de ganas dibujando, que grupo raro, cada uno de su padre y de su madre. Tú, siempre me pareció, la más pegada a la tierra. Así, sin hacer ruido, sin frases elocuentes, pero para adelante, sólida, capaz. Con esa mirada un poco ida a veces, condenada miope, la misma que se te ve en la foto de Siena. Tú que nunca llamas, pero que estás ahí, para tomarte un café si no vas a los pueblos y te cazo sin avisar temprano en el estudio.

Miro la fotografía. Cómo hemos cambiado. Cómo somos los mismos.





motor de revoluciones

5 04 2009

Habla Lindo de las víctimas de las revoluciones personales, aquellas en las que uno decide dar un giro brusco a su vida en tiempo de hastío o de crisis con la ingenua esperanza de acercarse a un idílico nirvana sin evaluar las obligaciones y sacrificios que conlleva o, más aún, sin vislumbrar las posibles catástrofes con que se pueden encontrar finalmente la cabeza revolucionaria y los que se vean arrastrados.

Otra cosa son las revoluciones que se hacen con un buen respaldo, tanto para defender la retaguardia, permitir la marcha atrás y recordar la aventurilla revolucionaria, como para asegurar el aprovisionamiento de víveres reales o anímicos y del armamento y municiones necesarios para avanzar en la lucha. Algunos hablan entonces de mecenas y artistas, o de la gran mujer u hombre que hay detrás de cada genio, de amor, de confianza plena o de pura generosidad. Ese motor que no se ve pero que empuja a toda máquina, que se ocupa de que funcionen los engranajes y se desatasquen las tuberías. Y que cuando hace falta se convierte retropropulsor o hasta en paracaídas.

No son menos meritorias, sólo están mejor pensadas y cada miembro del equipo cumple su rol. Aunque los laureles los lleve uno en la cabeza y el otro sólo los use para dar sabor a la comida.





memoria de pez

3 04 2009

Siempre había tenido, hasta donde le alcanzaban los recuerdos, la sensación de sufrir regularmente pequeños momentos de ausencia. Decían los demás que, ciertamente, parecía que de tanto en tanto se quedaba obnubilado por una fracción de segundo, como pensando en las musarañas, y luego volvía a la realidad como si le llegara de nuevas, con la mente en blanco.

Tras concienzudos análisis, algún que otro tac y largas entrevistas, los médicos llegaron a un diagnóstico: pequeños cortes de memoria, probablemente debidos a minúsculos infartos cerebrales sin más peligro que aquellas microamnesias.

Él, sin embargo, no se quedó tranquilo y contrató al mejor investigador privado de la ciudad. Tras una semana de intenso seguimiento y grabación continua mediante cámaras de alta velocidad, la verdad le fue revelada. Su vida no era sino una interminable carrera de relevos en la que él mismo se sucedía tramo a tramo. Mas siendo desmañado, las más de las veces se le caía el testigo, dejando atrás su yo de hacía sólo un momento.