lo efímero es lo que nos queda

14 02 2010

los pesados atuendos
que me cubren,
el abrigo, el trabajo, la mirada
de aquellos que me esperan
en la próxima sala de reuniones,
todo queda aparcado eternamente
cuando te veo caminar por el pasillo
y tus nalgas surgen bajo el faldón
de la camisa que te dejé ayer para dormir

por un instante la luz de la mañana todo
lo paraliza, sólo existe tu cuerpo a contraluz
cuando abres la puerta de la cocina





soy vosotros (Leonard Zelig)

11 02 2010

Yo de pequeño siempre quise ser spiderman y protagonicé actos dignos de un funambulista por entre los edificios cercanos a mi casa. También fui antorcha humana y llegué a prender fuego a mi antebrazo izquierdo cubierto de aluminio, bañado en aguarrás.

Luego quise ser Lenin, Zapata, Fidel Castro y algo tuvo que ver Francisco Franco en ello (franco, franco que tiene el culo blanco como su mamá, cantaba yo de niño saltando en los sillones del salón de mis padres, sabiendo que eso no podía salir de mi casa).

Y vinieron los años de pop y de hachís, de preguntar a Manolo si aquella izquierda unida era algo parecido al frente popular del 36, una nueva esperanza, de comenzar a elegir el camino difícil ante cualquier disyuntiva, la opción desconocida, la que exigiera siempre el rol camaleónico de parecer natural aún en terrenos ignotos.

Y entonces vi en un cineclub, aún no recuerdo cuándo, el film de Woody Allen, fuerte como la luz que cayó sobre Saulo. Si todos comentaban lo curioso y extraño de ese personaje, yo sentí aquella vez que no estaba mirando un carácter extraño con una tara linda digna de ser copiada. Aquel tipo era yo, fuera del celuloide como en la rosa púrpura un par de años después, Leonard Zelig en vida.