Matar al padre que llevamos dentro: Un viaje desde el rol padre a la maternidad real

7 10 2014

Lo que aquí sigue se narra desde los recuerdos de una percepción íntima de mi paternidad y co-maternidad, o de mi viaje hacia la maternidad. Es una narración distorsionada por los filtros con que tamizamos las cosas cuando nos contamos nuestra historia a nosotros mismos. No puedo ni me corresponde contar la experiencia de maternidad de las personas que han compartido o comparten directamente los cuidados de mis hijos. Ni la de su madre biológica, ni la que ejerce mi compañera actual (aunque ella no lo quiera llamar así, maternidad) o el compañero de mi ex (al que no conozco lo suficiente).

Los primeros cuidados.

A los trece años recibí junto a mi hermana y mi hermano la siguiente noticia de mis padres: << sabemos que queríais una mascota desde hace tiempo, pero no va a poder ser. Vais a tener un hermano.>>

Solemos decir a veces en las comidas familiares que Ignacio tuvo cinco progenitores cuando era pequeño. No fue para tanto, pero sí es cierto que los tres hermanos mayores compartimos, en la medida de nuestras capacidades, la crianza con mi madre y con mi padre. Hablamos de: limpiar culos, cambiar pañales, ayudarle a dormirse, dar biberones, darle de comer, quedarse con él para que mi madre y mi padre salieran con los amigos, acompañarle, sacarle al parque, más tarde llevar a y recoger de la guarde, etc, etc. Todo lo que se podía hacer desde nuestra posición. Lo viví como una protomaternidad compartida, sin lo duro de la maternidad. Que yo recuerde la distribución de actividades no dependía del género. Habría que preguntar a mi hermana.

Aquella experiencia me gustó. Mucho. Me gustó la relación que se establece con el animal pequeño que se va convirtiendo en persona. Aquel tipejo es hoy un adulto que está esperando un hijo junto a su pareja. Mi hermano pequeño no es mi hijo, pero de alguna manera lo fue. Y se lo agradezco.

También hay que decir que en casa de mis padres, ambos trabajando fuera de casa, ha habido siempre o casi siempre una persona contratada unas horas al día que ha ayudado en los trabajos de cuidado.

Actualización: He preguntado a mi hermana. Ella (tres años más pequeña que yo) cuenta que los cuidados que pudiera haber proporcionado a mi hermano pequeño, tampoco recuerda tantos, no han dejado mucha huella en la relación con sus propios hijos. He preguntado a mi otro hermano (un año menor que yo). Recuerda la experiencia de cuidados proporcionados al pequeño y el buen efecto que ello ha tenido en él como padremadre. He preguntado a mi madre. Dice que mi padre y ella siempre intentaron que el peque impactara lo menos posible en nuestra vida como niñxs. Dejamos para otro día y otro texto los matices feministas de cada persona de la tríada de los mayores y los progenitores. Un texto sobre una familia maravillosa a la que amo. Y un texto con mucha CT[i].

El interior: el descanso de la guerrera.

Durante el instituto y la universidad ensoñaba con ser el descanso de la guerrera. Esa era la expresión que usaba para mí mismo. No la expresaba mucho en alto porque me miraban rarito. Al igual que me gustaba verme como futuro científico –aprendiendo no verdades, sino descripciones de cómo funciona la naturaleza-, eternamente aprendiendo, también me imaginaba trabajando en casa ocupándome del hogar, acogiendo a alguien que volvía de hacer cosas fuera, tener un pacto con una tía potente que se ocupaba de lo que tenía importancia en la sociedad mientras que yo me dedicaba a lo importante, parafraseando a los Krahe.

Por supuesto que quería hacer otras cosas aparte de cuidar. Y desarrollar la individualidad que se ve. Trabajar (fuera), dar y recibir, (a)liar(me) a (y con) la gente. Pero fuera del ámbito del mercadeo. Esas cosas me rondaban la cabeza.

Habiendo sido criado en un grupo familiar donde se ha hecho siempre un esfuerzo consciente para dar una educación igualitaria y no discriminatoria, pero donde las historias/herencias respectivas de los progenitores existen como en cualquier otra familia, podríamos decir que: tenía a la vez una cierta preferencia por roles asociados a lo femenino y una ignorancia total de ser portador y gozador de privilegios (como hombre y como persona educada en un mundo de afectos y colores). Privilegios que siguen teniendo mis hijos, con menos colores (o al menos lo intento).

Actualización: Ya no ansío como entonces ser el descanso de ninguna guerrera. Lo que me pide el cuerpo es dar y recibir descanso y también dar y recibir guerrilla. Si es en comunidad, mejor. Comunidad son muchos, pero también son dos, aunque en ese caso opino que hay que lanzar cuantos más cabos posibles hacia afuera para no perder la noción de que se es una microcomunidad en una Comunidad mayor. Yo todavía no soy muy bueno lanzando muchos cabos, antes era nefasto.

Ahora en la distancia, creo que todo esto del descanso de la guerrera en la adolescencia y la etapa de joven adulto tenía que ver entonces con tres elementos: de placer propio y ajeno, de poder, y de miedo. Los placeres –idealizados por la relación con mi hermano pequeño- del cuidar, y los placeres del cuidado sobre la persona cuidada; esto segundo es algo muy perceptible en la crianza. La sensación del poder afectivo sobre la persona cuidada; los cuidados tienen también ese reverso tenebroso. Y el miedo, la aversión profunda –no política sino visceral-, a trabajar por dinero.

El exterior: los roles establecidos.

El mundo de afuera, quedaba fuera. Hasta que abandoné mi ciudad, abandoné el doctorado para trabajar por dinero rechazando mi beca de investigación y mi entonces idealizado mundo académico, y me mudé a una ciudad desconocida con la persona con quien convivía desde hacía un año y con quien tendría mis hijos años después. A una ciudad grande, en la que las únicas referencias eran el trabajo remunerado y esa persona con la que compartía la vida, formando una comunidad de dos, pero desarraigada, sin cabos hacia la Comunidad. Hasta que el mercado entró en mi vida, o ¿yo me tiré de cabeza a él?

Recuerdo a mi padre en una breve conversación poco antes de tomar la decisión: Hijo, yo no creo que tú puedas desenvolverte bien en una dinámica empresarial, fuera de la academia o de un puesto de funcionario. Pero me monté un discurso racional y envolví en él con mucho cuidadito mi miedo visceral.

¿Contradictorio con el interior? Sí. Quiero pensar que de las contradicciones se aprende. A veces, se tarda mucho tiempo en aprender.

Fueron 5 años de éxito, si los medimos con la vara heteropatriarcal. Una vara que se me metió dentro y se agarró a mi columna. Largas jornadas de trabajo fuera, posiciones de cada vez más responsabilidad, aumentos de sueldo, cambios de trabajo. Nos casamos. De alguna manera, ambos componentes de la microcomunidad nos dejamos embriagar por esa dinámica que producía sensación de abundancia en los momentos de ocio. Yo seguía compartiendo los cuidados de la casa, pero mi dedicación al trabajo remunerado fue afectando poco a poco al reparto de cuidados, cada vez más.

Y vino, querido, nuestro primer hijo. Tanto durante el embarazo, como en su primer año de vida, la experiencia fue genial por una parte y participé en los cuidados, en todos los cuidados, todo el tiempo en que no estaba trabajando por dinero.

El trabajo estacional de mi compañera y la fecha del nacimiento del niño permitieron que me tomara su primer mes de vida de baja de maternidad, un mes que ella no habría podido disfrutar después porque ya habría acabado su contrato de aquel curso. Un mes ejerciendo como co-madre, co-madre de verdad.

Pero ese año también fue una experiencia terrorífica. Terminado ese primer mes, el mundo de afuera esperaba como si nada hubiera pasado. O mejor, aprovechando lo que había pasado: aquí esto está preparado para que tú proveas y ella cuide. El tío Sam wants you, que como eres hombre serás proveedor monetario, responsable de un grupo donde hay alguien que no puede valerse por sí mismo; and her, que como es mujer, recibe un salario menor y tiene estacionalidad laboral, se va a tener que encargar sí o sí de lo que no nos importa pero nos hace falta. Tú tienes que ser padre, y ella, madre.

Aunque compatibilizaba mi co-maternidad en los momentos en los que no trabajaba por dinero con mi paternidad proveedora, la tensión era evidente y fue creciendo durante ese año hasta enquistarse en una depresión. A veces solo quería quedarme en casa y dedicarme a mi labor cuidadora, otras, largarme y deambular por las calles con un carrito de la compra vacío. Romper el pacto bilateral con mi pareja y el pacto unilateral de cuidados que asumes cuando deseas hijxs y los tienes. Desaparecer para ser responsable solo de mí mismo y de mi supervivencia día a día. Desvanecerme en una individualidad que para nada veía por entonces como dependiente[ii]. A veces dije a la persona adulta que tenía más cerca: esta dinámica es horrorosa, pero la aguanto por vosotros, por ti y por el niño. ¡Ja! Descargando culpas hacia la micro-comunidad. Desde mi posición de privilegio, jodida pero de privilegio. Creo que en las depresiones desde el privilegio, más que en otros casos, uno suele descargar la culpa en los otros.

Baja por depre de casi un mes; bien por una parte, dedicado a los cuidados; luego vuelta de nuevo al curro remunerado, tensión insoportable, y búsqueda de un nuevo trabajo remunerado, de vuelta al sur. Esperando que el sur, la ciudad mediana y la cercanía de la familia extendida fueran la solución a las cosas. Escapando.

El sur y la ciudad mediana ayudan algo. La familia extendida te salva la vida… en cierta manera. Ayuda a afrontar los cuidados que sigues sin poder abordar. Pero no salva el abismo entre los roles establecidos. Aunque uno sea co-madre en cada momento en que se lo permita el trabajo remunerado. Solo le pone a tu rol co-madre un poco de tribu[iii] alrededor. Pero lo dicho, a veces se tarda mucho en aprender. En aprender a ver.

El rol de padre-principal-proveedor siguió preponderando, la carga de trabajo remunerado aumentando y tensionando las cosas, las labores de cuidado algo suavizadas por la tribu. Más por saber que estaban ahí y como suministradores de afecto.

Y vino, querido, el segundo hijo. Esta vez no pude tomarme el mes de baja maternal. El momento del nacimiento y la situación de estacionalidad de mi pareja eran las mismas. Pero el entorno laboral, pequeña-mediana empresa, no lo permitía. Habría sido despedido.

En los años que siguieron, la dinámica continuó siendo la misma. Co-madre cuando podía, trabajo remunerado interesantísimo royéndome por dentro y cambiando de nuevo un posible balance padre-co-madre por una situación algo esquizoide. Cambio de trabajo, dinámica ligeramente más favorable a la co-maternidad durante un año, luego desaparición de casa durante la semana y “los niños para ti” el fin de semana (justamente) durante unos meses; despido y nueve meses en paro.

Nueve meses de miedo por no poder proveer adecuadamente, pensando en qué pasaría si se alargaba demasiado el tema y terminaba la prestación. Pero nueve meses de disfrute de total co-maternidad. Nuestros hijos a menudo nos llamaban, desde antes: papá, ay!, mamá, dirigiéndose a su madre; mamá, ay! papá, dirigiéndose a mí. No sé si esto es un comportamiento habitual, como cuando tantas veces nos pasa a los progenitores al dirigirnos a nuestros hijos e intercambiamos sus nombres. Pero siempre quise creer que era una señal de que, a sus ojos, éramos co-criadores, co-madres por seguir utilizando el término que he venido usando hasta ahora.

Este fue un periodo de recuperación de cuotas atrasadas de labores de cuidado, ya que mi compañera inició una fase formativa que le ocupaba las mañanas. De recuperación de un rol querido por formar parte de la vida de forma igual o más importante que el otro. De dedicación a los cuidados. Inicio de un cuestionamiento más racional de qué no-padre y qué co-madre deseaba ser. Un cuestionamiento iletrado, aún sin los mimbres del lenguaje que luego fui adquiriendo y sigo aprendiendo a usar.

Tras los nueve meses de desempleo, vuelta a la dinámica de co-madre que también trabaja fuera por dinero. Sin duda pesando el que mi sueldo fuera la entrada principal de ingresos, a veces la única, con el giro profesional de mi compañera tras su fase de formación. Ella empezó a hacer lo que le gustaba de verdad profesionalmente. Precariado autónomo pero pasional.

Y por debajo, corrientes subterráneas que llevaban acumulando caudal desde casi dos años antes, retroalimentadas por  los roles establecidos por el sistema, siguieron horadando nuestra microcomunidad hasta que otros nueve meses más tarde vino el divorcio. Con todas sus mierdas, sus tensiones y sus defectos, con todas esas cosas que remueve poner en un documento oficial la disolución de una microcomunidad, pero al fin y al cabo, un divorcio de mutuo acuerdo y con custodia compartida; donde el papel firmado ante el juez es una mera base por si alguna vez estalla una bomba atómica, y en el que vamos gestionando como mejor sabemos/podemos las reglas/dinámicas de nuestra co-maternidad según va cambiando el contexto.

La maternidad: despojarse del rol padre y afrontar la crianza desmontando el rol madre.

Así que de pronto nos encontramos durante algo más de un par de años con una monomaternidad ejercida por la madre y el padre por semanas alternas. Los niños lo llevaron bien y el acuerdo de tiempos nos permitía a ambas co-madres (ahora por separado) disfrutar/sufrir con el trabajo de cuidados, disfrutar de la independencia de quien no tiene críos a su cargo y echarlos de menos a partir del tercer día que estaban en su otra casa. Como me dijo una amiga, me voy a tener que divorciar nada más que para tener un arreglito como el tuyo.

Unos meses tras la separación, empecé a leer libros que poblaban las estanterías de una persona que conocí y que se convirtió en mi compañera. Lecturas, discusiones, asistencia a algunas jornadas donde se abrió un mundo de diversidad para mí. Enfoques muy distintos sobre muchos temas que me armaban de palabras y me ayudaron a expresar como discurso lo que antes habían sido solo pensasentimientos: transfeminismos, no binarismo, performatividad, privilegios.

Pasó un año y mi compañera y yo comenzamos a vivir juntos. Nos co-cuidamos. Y guerrilleamos, ella mucho más. Yo apenas comienzo a dar pasos muy tímidos desde hace unos meses. Ella en la calle, de verdad. Yo poco a poco en el mundo online, y en el trabajo, hablando con mis compañeras y algún compañero. ¿Guerrilla de salón?

Pasó otro año y la madre de mis hijos se mudó por motivos de supervivencia laboral, tras pensárselo mucho, al norte. Alejarse (físicamente). Una decisión difícil que intenta paliar con incursiones laborales al sur cuando puede -como ocurrirá desde mañana y por una semana- y con los periodos de vacaciones en los que ellos viajan al norte. Una decisión que el mundo exterior –principalmente aquel que mitifica la maternidad- tiende a juzgar con dureza por ser ella una mujer, mientras que si la hubiera tomado yo (quizás deba hacerlo en el futuro y más al norte aún) la tendería a juzgar con lástima y casi ensalzarla como muestra de que a veces hay que hacer cosas que no querrías por el bien de tus hijos. Ella co-materna valiente y difícilmente en la distancia.

Desde hace cuatro años cuando me divorcié, yo hago lo que hace cualquier madre hoy día, hacerme responsable del pacto de cuidados que suscribes con tu descendencia y llevarlo a efecto como lo permite/disfruta/sufre mi cuerpo, compatibilizándolo con la provisión de recursos y las desesidades de lanzar cabos hacia afuera. Tengo la tremenda suerte de contar con la ayuda de una compañera, que se encontró con dos individuos en edad de crianza y ha tenido su propio viaje acelerado desde una convivencia inicial con ellos hacia una co-maternidad (aunque ella no quiera usar ese término). Y en cualquier caso, como cualquier madre, también acudo a la tribu de apoyo cuando es imprescindible y la tribu puede.

Hago lo que hace cualquier madre, salvo por un hecho crucial; la lectura que hace el mundo exterior –principalmente el entorno del trabajo remunerado- de mi situación y mis acciones por ser yo hombre y tener la capa protectora de los privilegios en este sistema heteropatriarcal en que vivimos. Una lectura que transmite compasión (en el sentido peor de la palabra, no empático) mezclada con admiración. Una lectura que no le aplican a ninguna de mis compañeras de trabajo porque ellas son mujeres.

En este proceso han sido las mujeres, con su lucha diaria en las calles y en las casas, las que me han permitido ir comprendiendo el viaje en el que el cuerpo me pedía embarcarme desde la adolescencia. Del rol establecido y esperado como padre al ejercicio de una maternidad real. Desarrollando el pacto de cuidados con mis hijos y buscando el equilibrio entre nuestras desesidades propias y de grupo, y las barreras que intenta imponernos el sistema. A veces mejor, a veces peor, en la forma y en los resultados. Yo como cualquier madre, pero aún con privilegios.

[i] Martínez, Guillem -coordinador- (2012) CT o la Cultura de la Transición Crítica a 35 años de cultura española Debolsillo, Barcelona, 2012.

[ii] Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento

[iii] Del Olmo, Carolina (2013), ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Ed.: Clave Intelectual

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