Las personas que nos llamamos hombres feministas

16 11 2014

Hace tres semanas que estoy escribiendo de algo y me está costando. Me está costando porque es un tema espinoso que genera reacciones enfrentadas entre las personas pertenecientes a los distintos feminismos y porque también me provoca sentimientos enfrentados a mí mismo. Me está costando por la exposición que supone, aunque sea una exposición irrisoria frente a la que se exponen las mujeres[i] feministas en cualquiera de sus declaraciones, acciones o escritos.

¿Qué papel jugamos y qué papel debemos jugar las personas que nos llamamos hombres feministas? ¿Simplemente debemos limitarnos a acompañar? ¿Debemos estar más libres de contradicciones que las que consideramos nuestras compañeras o que las mujeres en general? ¿Dónde está nuestro sitio en la lucha feminista, si lo hay?

Algunas de las suspicacias que levantamos entre los feminismos las trataba June Fernández (@marikazetari) en Los hombres por la igualdad y las feministas, una relación complicada[ii] hace unos meses en eldiario.es. June hablaba del movimiento de hombres por la igualdad y el la revisión de las masculinidades que existe en su seno. También se refería a aquellos hombres que tienen un discurso feminista, pero en la distancia corta siguen haciendo uso de sus privilegios como si nada o los defienden argumentando que “esto es lo normal y yo no estoy pidiendo nada opresivo”[iii]. Contradicciones que a otro nivel también existen entre el discurso y la actuación personal de mujeres de los feminismos, aunque entiendo y veo normal que se sea más exigente con personas a las que el sistema coloca entre los privilegiados.

A un lado de esta postura a veces vemos mujeres feministas que nos consideran como aliados imprescindibles, como otro grupo con el que hay que contar para desmontar el sistema patriarcal, y/o que nos festejan cualquier concesión desde nuestro estatus privilegiado. Pero también mujeres feministas que nos localizan como claros intrusos del bando opuesto, intrusos que deben limitarse a deponer los privilegios y mantenerse al margen.

Las primeras, generalmente pero no siempre, están en la esfera de los feminismos (¿mal?) llamados de la igualdad. Con ellas nos encontramos cómodos, en escenarios confortables. Vemos que nos hacen casito, como se suele decir en twitter. Pero con ellas, los que nos llamamos hombres feministas pecamos con muchísima frecuencia del mismo endiosamiento del que nos provee el sistema patriarcal. Tendemos a sentirnos encumbrados, buenoshombres. Traidores al sistema patriarcal reconocidos y agasajados.

Las segundas, principalmente recorren desde posiciones que abarcan un amplísimo abanico que va desde los feminismos de la diferencia a algunos transfeminismos. Su rechazo a que personas provenientes de la parte privilegiada del sistema heteropatriarcal se unan a las filas activas de la lucha contra el mismo tiene mucho de comprensible.

Existe el obvio riesgo de cooptación del discurso por parte del propio sistema que nos privilegia. Esto ha sucedido con las líneas gruesas del feminismo de la igualdad, que hoy está integrado formalmente en el feminismo institucional. Sin duda se han conseguido avances y conquistas importantes frente a la situación existente decenios atrás. ¿Pero han sido motivados por una genuina intención de romper las relaciones de privilegio-discriminación o, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, el sistema ha aceptado ciertas concesiones a cambio de que no se toquen las raíces profundas que sostienen dichas relaciones? A menudo a dichas concesiones solo acceden de facto un número limitado de mujeres, son picos de montaña a los que parece que las personas suben solas invisibilizando no solo al grupo de sherpas con quien escalan, sino a la ingente marea de gente que provee la base que les permite a los hombres y pocas mujeres dedicarse a escalar.

Desde un punto de vista productivista, muchos que se nombran hombres feministas de izquierda dirán que estos problemas de cumbres y valles son temas de clase. Otros, a los que les va más el discurso arriba-abajo, dirán que son temas de casta frente a la ciudadanía. No solo, no lo creo. Creo que si miras a la base, son principalmente temas de género entremezclados con la organización cuidados, como comentaba en Nos ocupamos del mar (Carta a los hombres sobre icebergs, montañas e igualdad)[iv], porque se dan en todo tipo de sociedades modernas con distinta organización social pero que tiene en común un mismo sistema base, el patriarcal. Un sistema que reproduce las desigualdades de género en otro tipo de desigualdades porque se basa en ese tipo de patrones de dominación.

Pero aparte de la posible cooptación por el sistema como tal, existe otro motivo de rechazo. La apropiación por parte de la persona que se llama hombre feminista de un rol que en principio debe pertenecer a la mujer como persona-no-privilegiada que lucha. Una apropiación doble.

Primero, ocupando el discurso del no-privilegio sin poder situarse realmente en él, ya que no es objeto de la opresión. La puede ver, puede intentar comprenderla, pero al máximo sufre solo efectos colaterales, no puede saber lo que es ser persona-mujer. No puede hablar de tú a tú con ellas. No en la mayoría de ámbitos. En ese sentido, creo que quienes nos llamamos hombres feministas podemos analizar, opinar, discutir, pero siempre desde una posición de escucha.

Segundo, al estar sobre un escalón privilegiado por más que se intente bajar la escalera, la visibilidad en lo público eclipsa a las personas que forman el grupo oprimido. Lo quiera o no, el hombre con discurso feminista en lo público tiene muchas papeleteas de que le pongan la medallita de salvador desde una parte de la sociedad cuando toma la palabra como portavoz de los feminismos. Y así, si no tiene cuidado, mina de alguna manera el propio discurso que intenta transmitir.

La realidad es que nos movemos como un funambulista por un delgado hilo para si no queremos caer en alguno de estos dos tipos de apropiación. Hay dos opciones: callar o arriesgarse. Si nos arriesgamos, hacerlo desde el conocimiento situado, es decir, reconociendo la posición privilegiada desde la que partimos. Y si nos caemos del hilo, por nosotros mismos o porque alguien lo mueva, aguantar el chaparrón. Querríamos esperar que en ese caso el chaparrón fuera implacable con las ideas pero indulgente con las personas. Pero hemos de ser conscientes que dado que esto no ocurre para las propias mujeres feministas en la mayoría de los casos, tampoco estamos nosotros en una posición desde la que exigir indulgencia. Esperarla sí, exigirla no, por mucho que luego duela lidiar con el ruido que se genera. Cuando pasa el chaparrón toca de nuevo decidir: callar o arriesgarse y caminar por el hilo. Y así cada vez. Prefiero la opción de arriesgarse, caerse de vez en cuando, y aguantar los chaparrones.

En el artículo Una carta abierta a los hombres (feministas)[v],[vi], publicado en Pikara (@pikaramagazine), Alexander Ceciliasson propone que los que nos llamamos hombres feministas nos ajustemos a dos líneas de acción bien claras: una, retroceder y callarnos y, dos, hablar con otros hombres. Es decir, no limitarse a la escucha y salir a lo público, pero cuando el público sea el de nuestros pares portadores de privilegios en el sistema patriarcal. Y para hablar de la transformación que debemos hacer en nosotros, no en lo que deben conseguir ellas. Centrarnos en trabajo de renuncia a nuestros privilegios, y dejar la lucha a quienes pertenece.

Ahora bien, una vez establecido el mapa de posibles escenarios en los que parece que nos movemos hoy, ¿no hemos de trabajar de otra manera para que esto cambie? Volviendo de nuevo al artículo de June Fernández, creo que ella apuntaba allí a otra línea clave. Incluía referencias a dos artículos también aparecidos en Pikara que me parecen muy certeros. Uno escrito por Jokin Azpiazu (@okerreko), ¿Qué hacemos con la masculinidad: reformarla, o abolirla transformarla?[vii], y otro por Pol Galofre (@Polgos), Pasar, ¡qué complicado![viii]. Desde dos posiciones muy distintas ponen en cuestión una de las categorías con las que nos nombramos las personas que nos llamamos hombres feministas. Y no es la de feministas.

Quizás, si queremos avanzar, no podemos limitarnos a trabajar en la renuncia a nuestros privilegios, o a buscar nuevas masculinidades como posibles expresiones liberadoras del sistema patriarcal. Esas líneas, válidas en lo relativo al comportamiento, me da que se quedan algo en la superficie. Son un primer paso necesario, pero se me antojan muy cercanas a una estrategia conductivista. Quizás, si de verdad queremos que los feminismos nos acojan cuando luchemos por la igualdad real, por el objetivo común que creo que persiguen y donde las categorías hombre y mujer son solo dos tonalidades de un continuo mucho más amplio donde no importan los colores; si queremos que los feminismos no se fijen en nuestra apariencia externa, además de comportarnos correctamente, lo que debemos hacer es dinamitar el binarismo hombre-mujer empezando por nosotros. Las mujeres en los feminismos nos llevan muchas décadas de adelanto. Creo que debemos apuntar en esa dirección.

Y en el camino, mientras tanto, no callarnos; sino transitar por el hilo y aguantar los chaparrones cuando nos caigamos.

[i] Al utilizar los términos mujeres y hombre no pretendo usar un lenguaje binarista. En estos párrafos el vocablo hombre agrupa a todas las personas con cierta apariencia que somos reconocidas como tal en el sistema patriarcal en el que vivimos y gozan de privilegios debido a ello, mientras que con el término mujeres quiero agrupar a todas aquellas que no lo son y se ven sometidas a una violencia sistemática por parte del sistema debido a la discriminación de género.

[ii] http://www.eldiario.es/pikara/hombres-igualdad-feministas-relacion-complicada_6_267083318.html

[iii] Yo he recibido este comentario en distintas circunstancias y con muy distinta severidad. A veces, creo, de forma tremendamente justa y otras de forma injusta. Generalmente es difícil reconocer que uno está actuando de esa manera. Y uno sigue cayendo, no es impecable. Pero cada vez ayuda, incluso desde el dolor o desde la rabia, comentarlo y revisarse, aunque sea a posteriori. Yo voy muy despacito; de las contradicciones se sale muy poco a poco. El primer paso es verlas, y ayuda mucho que te las hagan ver, una y otra y otra vez.

[iv] https://brandneweyes.wordpress.com/2014/07/19/nos-ocupamos-del-mar-carta-a-los-hombres-sobre-icebergs-montanas-e-igualdad/

[v] http://www.pikaramagazine.com/2014/10/una-carta-abierta-a-los-hombres-feministas/

[vi] El artículo fue muy bien recibido por muchas mujeres feministas, pero también leí alguna crítica aislada en las redes por aparecer en el medio en que apareció. Desgraciadamente, por más que he intentado recuperar esos tuis aislados que leí en los días siguientes a la publicación del artículo, no los he encontrado. El argumento volvía a ser el de la apropiación: ¿qué hacen estos intrusos utilizando un medio que es nuestro? He dudado mucho si poner esta nota al no encontrar ahora esos tuits. Sin duda no la pondría en si esto no fuera un post personal.

[vii] http://www.pikaramagazine.com/2013/03/%C2%BFque-hacemos-con-la-masculinidad-reformarla-transformarla-o-abolirla/

[viii] http://www.pikaramagazine.com/2014/05/pasar-que-complicado/