Silvicultura radical

31 05 2017

(una reseña de Trincheras Permanentes)

Cuando nos encontramos paseando por el campo y nos acercamos a las lindes de un bosque, solemos fijarnos en los troncos y las ramas que se alzan derechos, como iluminados, o tortuosos, debatiéndose constantemente consigo mismos.

También reparamos en las hojas cuando nos adentramos un poco en la espesura. Lanzando mensajes; todas al unísono o algunas más grandes y relucientes, reclamando la voz cantante, y el resto apoyando, disintiendo a veces, esperando a que una nueva hoja más cercana tome fuerzas y canalice sus murmullos.

Más extraño es que bajemos la vista y reparemos en las raíces que sostienen a los árboles adentrándose en el terreno, sacando laboriosamente y sin ruido perceptible los nutrientes que cuidan la vida de cada uno de ellos, cavando las trincheras que los llenan de brotes cuando la tierra es fértil y los hacen resistir cuando las condiciones no son las mejores. Una red de trincheras que deben mantenerse constantemente porque sin ellas, aunque no se vean, ni el bosque ni los árboles son posibles.

En Trincheras Permanentes (Pepitas de calabaza, 2017), Carolina León se adentra en las trincheras y sigue las raíces, pero no las de los árboles y los bosques que componen, sino las de una toda una diversidad de organizaciones formales e informales, atravesando residencias de ancianos, centros sociales, grupos activistas, colectivos de afinidad, la externalización y las cadenas de cuidado, e incluso páramos solitarios en los que una persona aislada busca un terrón por el que ya pase otra raíz para tocarla y no sentirse tan sola; para cuidar o que le cuiden. Con una prosa que hace del ensayo una red de historias y senderos, a través de entrevistas y testimonios propios y ajenos que recorren un lustro, León compone un interesante trabajo de periodismo reflexivo. No deberíamos llamarlo gonzo porque no se infiltra ni suplanta identidad alguna, pero tampoco documental porque León también ejerce de fuente y entrelaza su experiencia con las de las otras protagonistas. Visibilizar los cuidados, no solo para reconocer su papel fundamental en las organizaciones sino para discutir y actuar sobre ellos, para hacerlos políticos y ensuciar de tierra las manos de unos usos sociales públicos, un activismo y una acción política que siguen tendiendo a despegarse del suelo y las raíces que los sustentan, perpetuando un mito fantasioso de independencia cuasi divina. León esboza propuestas, ideas, desde el feminismo y la autogestión. Aunque en lugar de esbozar, quizás deberíamos decir que desbroza, porque apenas empezamos a remover esta tierra que nos nutre e imaginar otros modos de hacer lo necesario pero que nunca hemos querido tratar claramente, a trinchera abierta.

En los últimos años, prácticamente de forma contemporánea al recorrido de experiencias que ha generado este libro, los estudiosos de los ecosistemas boscosos han ido constatando su intuición de que las raíces no solo hacen posible la vida de los árboles como grupos vitales independientes. Más allá de ello, constituyen la red a través de la cual los distintos árboles de un bosque se autoorganizan y comunican como canal básico, radical, y cuidan unos de otros intercambiando sustancias que los protegen y permiten vivir mejor, reconociendo su interdependencia también en la diversidad, entre los árboles de distintas especies que coexisten en el bosque.

León apunta en el mismo sentido. Si queremos cambiar realmente algo, hemos de hablar de los cuidados, en lo personal y en las organizaciones, hacerlos públicos y políticos, porque las raíces de los cuidados rara vez no están entrelazadas. Si queremos árboles y bosques que perduren aunque sea como resistencia, hemos de poner en práctica una silvicultura radical. Si no nos cuidamos entre todas, no llegará a ser realmente nuestra revolución.

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