Masculinidad y cuidados

18 10 2014

Este artículo ha sido instigado directamente por El Topo Tabernario. Aún está por decidir si aparecerá en su próxima edición en papel, pero os sugiero que os subscribáis y los apoyéis en cualquier caso. Suelen tener un material estupendo, escrito por gente inquieta y mucho mejor que este texto.

Hace poco escribí un texto sobre un viaje personal, un viaje lento que me ha llevado una vida, la que llevo caminada hasta ahora. El texto tenía que ver con la adquisición de la capacidad de ir comprendiendo y verbalizando cómo son las cosas, más que con la transformación de mi realidad. Comprender y verbalizar te facilita la toma de elecciones. Y he aquí que El Topo saca la nariz de la madriguera por casualidad, olisquea el texto –leo en National Geographic que los topos huelen en estéreo- y me hace una seña de esas del mus, así, levantando las dos cejas. Como invitando a que me cuestione algo. Y en cada ceja una palabra. Masculinidad. Cuidados.

Yo no tengo ni pajolera idea de cómo jugar al mus. Pero intento salvar la situación y en vez de hacer un gesto raro y parecer un estúpido, me pongo las gafas de topo cegato, la nariz de olisquear –lo del estéreo dudo que lo consiga- y los guantes con garras de desbrozar la tierra. A ver si mimetizándome de topo…

¿Masculiniqué?

Lo de la masculinidad es algo que oigo desde siempre. Parece importante, una cualidad abstracta que no me acabo de enterar muy bien de lo que va.

Empecemos leyendo con las gafas de topo. Dice la RAE[i] que masculinidad es la cualidad de masculino. Masculino parece ser un ser que está dotado de órganos para fecundar y lo perteneciente a ese ser (una rosa es una rosa es una rosa[ii]; estos de la RAE son unos poetas). También pone que masculino es varonil y enérgico. Y de esas dos palabras, la primera se refiere a una cualidad que pertenece al varón, que a su vez es: un ser humano de sexo masculino y un hombre que ha llegado a la edad viril y por el que se muestra respeto, y que tiene autoridad u otras prendas. Además, nos dice que varonil significa esforzado, valeroso y firme. Del hombre cuenta que es un ser animado racional, varón o mujer; pero luego aclara que mejor varón.

Por curiosidad miro lo de mujer, e indagando leo que hay temas de sexo femenino, que lo femenino es propio de mujeres, rasgos de feminidad, que me lleva de nuevo a femenino, más cosas de órganos de esos… y dos palabras, débil y endeble.

No me voy a meter con temas de órganos y cuerpos, que eso tiene mucha tela que cortar y no puedo alargarme aquí más allá de mil palabras. Usaré, simplificando mucho, el concepto aspecto físico para englobar esa “materialidad”. Con las mismas, tampoco me meto con lo de animado ni racional.

Y paro de leer. Si sigo leyendo a la RAE con estas gafas entro en un bucle recursivo. Así que pasemos a la nariz, que es más sensible en los topos y quizás dé mejor resultado. Olisqueemos las palabras. Snif, snif. Inspirando a ver si me inspiro… Y ¡pof!, inspirando se doblan algunas palabras de arriba y se ponen en cursiva.

¡Ajá!, así que todo esto de la masculinidad y ser masculino tiene que ver con el poder, respeto y autoridad ejercidos con firmeza por un grupo de personas sobre otro grupo al que se le atribuye debilidad. Y los poderosos son además esforzados, valerosos y tienen “otras prendas”. Claro, lo que pasa es que la realidad es usualmente narrada desde el punto de vista de los poderosos. Y aquí, se han retratado.

Es decir, que me da en la nariz sensible que la masculinidad es, hablando en plata, la expresión del poder y los privilegios de un grupo con cierto aspecto físico. Punto, nada-más.

De la materialidad de los cuerpos, órganos, hormonas y todo eso, ya digo, otro día. Que si se hace en serio, de verdad que es muy complicado. Haría falta una nariz cuadrafónica por lo menos. Ni mil palabras ni el estéreo nos bastarían.

¿Quién nos limpia el culo?

Con los cuidados no voy a usar la RAE. La nariz sí, pero la mía; no me hace falta la postiza hipersensible. Porque la mía en modo mono ya basta para oler el tufillo que me llega. A mierda y profundidades de la tierra[iii][iv][v]. Así que a partir de ahora, solo los guantes de topo, con garras de desbrozar.

Y la primera pregunta que sale escarbando es ¿quién nos limpia el culo? Porque esto de los cuidados tiene su connotación afectiva y su faceta obvia de asistencia a aquellos que más lo necesitan por ser aún menos autónomos que la mayoría (menores, personas ancianas y/o dependientes), pero va mucho más allá. Va de limpiar todos los culos, también los de los que ejercen la masculinidad. Nadie, ni el más masculini-mucho, es autónomo. La sensación de individualidad autónoma es una fantasía[vi]. Y si nos quitan a quienes nos limpian el culo, nos desmoronamos. Nuestra brillante individualidad se viene abajo si nos quitan a las personas que nos lo limpian ya sea por opresión o a cambio de dinero, dejando entonces de poder limpiar ellas culos más queridos y cercanos.

Ya sé que la mayoría diréis que el culo os lo limpiáis vosotros mismos. Pero tomad vosotros los guantes de topo e intentad desbrozar un poco más. Me refiero a todas las clases de culo: culo-limpiar-la-casa, culo-hacer-la-compra, hacer la comida –aquí no pongo el culo pegado que me da repelús-, culo-lavar-tender-la-ropa, culo-oírte-y-hablarte cuando te hace falta, culo-dejarte-espacio-y-tiempo-para-hacer-lo-que-te-apetece y te hace sentirte persona-individual y no solo persona-limpia-culos. Me refiero al acto de limpiar-culos-y-crear-las-condiciones-para-que-el-colectivo-y-cada-persona-que-lo conforma-viva-una-vida-digna-de-ser-vivida.

Masculinidad y cuidados.

Ahora sin disfraz de topo, respondiendo al envite del tálpido tabernario, en vez de un cuestionamiento filosófico sobre masculinidades, nuevas o viejas, los cuidados y estas cosas que están tan de moda, solo me sale una frase exigente a las personas del grupo de los masculini-esos: Depongan su posición opresora, entreguen sus privilegios y pónganse a trabajar limpiando culos con las demás por el sostenimiento de una vida digna de ser vivida para todas. Como hacen el resto de las personas. Ni más, ni menos.

 

[i] Diccionario de la lengua española (22.ª edición), Real Academia Española, 2001, consultado el 14 de octubre de 2014.
Nota: En las últimas horas, la RAE ha hecho públicos ciertos cambios en la vigésimo tercera edición de su diccionario. Cambios que, en lo que respecta a esta entrada del blog, hay que celebrar. Sin embargo mantendré el post tal y como fue originalmente escrito hace unos días. Desgraciadamente, las personas a las que va dirigido, y que componen una mayoría de la población masculina y un número importante de la feminina, siguen manejando en sus cabezas conceptos que siguen ediciones del diccionario anteriores incluso a la vigésimo segunda.

[ii]Sacred Emily, poema del libro Geography and Plays de Gertrud Stein, disponible en http://www.gutenberg.org/files/33403/33403-h/33403-h.htm#SACRED_EMILY

[iii] Pérez Orozco, Amaia (2014). “Subversión feminista de la economía: Apuntes para un debate sobre el conflicto capital-vida “. Ed. Traficantes de Sueños. Colección: Mapas. Disponible gratuitamente en PDF pero, si podéis, compradlo o al menos donad

[iv] Nos ocupamos del mar. JuanLara, disponible en https://brandneweyes.wordpress.com/2014/07/19/nos-ocupamos-del-mar-carta-a-los-hombres-sobre-icebergs-montanas-e-igualdad/

[v] Un iceberg en mi asamblea. Carolina León, disponible en http://blogs.zemos98.org/carolinkfingers/2014/09/23/un-iceberg-en-mi-asamblea/

[vi] Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento

Advertisements




Killing the father within us: A journey from the father role to real motherhood

11 10 2014

This is a translation into English of my previous post:
Matar al padre que llevamos dentro.

What follows has been rescued from the memories of an intimate perception of my fatherhood and co-motherhood, my personal journey into motherhood. It is a distorted narration, sift by the screening mechanisms that appear when we tell our stories to ourselves. It is not my business to tell the motherhood experience of the people who have shared or share the care of my children. Neither their biological mother’s experience, nor the one that my current partner delivers (although she does not want to call it that way, motherhood) or my ex’s current partner’s (whom I don’t know well enough).

First cares.

When I was thirteen my two siblings and I received the following news from my parents: << we know you wanted a pet, but that won’t be possible. You’re going to have a brother.>>

During family meals sometimes we say that my youngest brother had five parents when he was a kid. It wasn’t that much, but all three elder brothers shared parenting with my mother and my father to the extent of our abilities. We talk here about: cleaning the baby’s bum, changing diapers, putting him to sleep, preparing and giving bottles, feeding him when already a toddler, babysitting when parents went out with friends, going to the park, walking him to kindergarten, etc, etc. Every activity we could manage, we did. I experienced it as a shared proto-motherhood without the hard part of motherhood. The way I recall it, the distribution of activities didn’t depend on gender. You should ask my sister.

I liked that experience. A lot. I liked the relationship you establish with the small animal that is becoming a person. That little guy is now an adult who is expecting a child with his partner. My little brother is not my son, but somehow it was. And I have to thank him for it.

It should be said that my parents, both working outside home, always or almost always had a person hired for a few hours helping in the work of care.

Update: I’ve asked my sister. She (three years younger than me) thinks the care she might have provided to our youngest brother have not left much of a mark in her relation to her own children. I have also asked my other brother (one year younger than me). He remembers the child caring experience and the impact it has had on him as father-mother. I asked my mother too. She says that they always tried to minimize the impact of taking care of our youngest brother in our lives as kids. The feminist subtleties of each person in the triad of eldest siblings and of my parents will be kept aside for another text. A text about a wonderful family that I love to death. And a text with a lot of CT [i] (a term referring to the cultural and political process behind the soft transition from dictatorship to democracy in Spain).

The inside: the rest of the she-warrior.

During high-school and college I used to daydream about being the rest of the she-warrior. That was the expression I used for myself. Not that I said aloud frequently because it made me look like a weirdo. As I imagined myself as a future scientist scientific future -learning not the truth, but descriptions of how nature-works-, forever learning, I also imagined myself working at home taking care of it, welcoming someone back from doing things outside, enduring an arrangement with an empowered woman who took care of what was visible and important in the eyes of the society while I engaged in the crucial things, the foundations upon which all that is visible is built, care.

Of course I wanted to do something other than looking after others. To develop the individuality that everybody can see. Working (on the outside), giving and receiving, getting involved with other people activities. All those things, but outside of the market, meaning no money involved. Those things my mind wandered off.

Having been raised in a household where a conscious effort was always made to provide an equalitarian and non-discriminatory education, but where stories/legacies of parents exist as in any other family, we can say that: I had both a certain inclination towards feminine associated roles and a total ignorance of being a carrier and enjoyer of privileges (as a man and as a person educated in a world of affection and red-coloured glasses). Privileges that my kids enjoy too, though with less-coloured glasses (at least I try).

Update: I no longer crave to be the rest of a she-warrior. What I want is to give and receive rest and to give and receive guerrilla. Better if in a communal way. Community means many, but means also two, although in that case I think that the more you manage to throw ropes from your ship towards other ships the better; just for keeping in mind that yours is a micro-community inside a bigger one. Not that I’m too good throwing ropes now, but I certainly was terrible in my youth.

Now looking backwards from a distance, I think this whole rest of the she-warrior thing during my adolescence and young adulthood had to do with three elements: pleasure, power and fear. The pleasure of caring -idealized because of my relationship with my little brother-, and the pleasure caused to those you care; this second being very noticeable while parenting. The sense of affective power over the one being cared; care has this dark side too. And fear, a deep dislike –not a political but a visceral one- to working for money.

The outside: the established roles.

The outside world remained outside. Until I left my city, I left my PhD research to work for money rejecting my fellowship and my until then idealized academia, and moved to a strange city with the person with whom I’d lived for a year and who would my children years later. A big city, where the only references were paid work and the person with whom I shared life, forming a community of two, but uprooted, without ropes to the Community. Until the market came into my life, or did I dive myself into it?

I remember my father saying in a brief conversation shortly before I took the decision: Son, I do not think you’ll be able to properly manage yourself in a market environment, outside the academia or a civil servant position. But I put together a rational plot for myself and wrapped very carefully my visceral fear in it.

Contradictions with my inside world? Yes. I think that you learn from your contradictions. Sometimes it takes a long time to learn.

Five years of success, if measured with the heteropatriarcal yardstick. A yardstick that got into me and grabbed my spine. Long working hours outside home, positions of increasing responsibility, salary rises, job changes. We got married. Somehow, both members of the micro-community let ourselves intoxicate by this dynamic, which produced a sense of abundance during our leisure time. I continued to share the care of the house, but my hard paid work was gradually affecting the distribution of care, more and more.

And our first child happened, a wanted child. Both during pregnancy and first year of life, the experience was great on one hand and I participated in the care process, in whole care process all the time I was not working for money.

My partner’s seasonal job and the birthdate of the child allowed me to take maternity leave for the whole first month of his life, a month that she could not have enjoyed at the end of her legal 4 months leave because her contract would be already finished by the third one. A month working as a co-mother, actual co-mother.

But that year was a terrifying experience too. Finished that first month, the outside world waited there as if nothing had happened. Or better, leveraging what had happened: here’s the thing, we have everything ready for you to provide and for her to care. Uncle Sam wants you, who as a man will provide the money, responsible for a group where someone cannot help himself; and wants her, who as a woman, whether you want it or not, receiving a lower salary and having seasonal job, will need to take care of what we don’t care but really cares. You have to be a father, and she’ll have to be a mother.

Although I juggled my co-motherhood whenever I was not working for money with my provider fatherhood role, stress was evident and it grew during that year to become entrenched in a depression. Sometimes I just wanted to stay home and pursue my carer work, sometimes I just wanted to get out and wander the streets grabbed to an empty shopping cart. Breaking the bilateral pact with my partner and the unilateral care pact that you accept when you want and have children. To disappear and be responsible only for myself and my daily survival. To vanish in an individuality I could not see then as a dependent[ii] one at all. Sometimes I said to the adult nearest to me: this dynamic is horrible but I stand it for you, for you and for the child. Ha! Blaming the micro-community. From my privileged position, fucked up but privileged. I think when suffering from privileged depressions, more than in other situations, one often blames the others.

Sick leave for about a month: Good on the one hand, devoted to care; then back to paid work, unbearable tension, and looking for a new job paid, back to the south. Hoping that the south, the smaller city and the closeness of the extended family were the solution. Escaping.

The south and the medium-sized city helped something. The extended family saves your life… in a way. It helps to face the care that you are not able to face. But it does not bridge the gap between the established roles. Even if one is a co-mother every time the paid work allows it. It just puts a little tribe[iii] around your co-mother role. But as I said before, sometimes learning takes a lot. Learning to see.

The father-main-provider role continued to prevail, the burden of paid work increasing and stressing things, care work somewhat softened by the tribe. Mainly because of the fact that you knew they were there and they were affection providers.

And our second child happened, wanted too. This time I could not take the month of maternity leave. The birthdate and the seasonal nature of my partner’s job were the same. But I was working for an SME and it was not possible. I would have been fired.

In the years that followed, the dynamics remained the same. Co-mother when I could, very interesting paid work gnawing inside and changing again a possible father-co-mother balance for a somewhat schizoid situation. Job change, slightly more favourable dynamics to the co-motherhood for a year, then living in the big city during the working week and “children for you” during the weekend (fair enough) for a few months; dismissal and unemployed for nine months.

Nine months of fear of not being able to provide adequately, wondering what would happen if it took too long stretched and unemployment benefits finished. But also, nine months of full co-motherhood enjoyment. Our children often called us from long before: dad, oh.. mom!, addressing their mother; mom, oh… dad!, addressing me. I do not know if this is normal behaviour, as so often happens when us parents as we call our children and exchange their names. But I always wanted to believe it was a sign that, in their eyes, were co-breeders, co-mothers use the term I’ve been using so far.

This was a period of recovery of lost shares of care work, since my partner began an educational phase that kept her busy in the mornings. Recovery of a loved role, since it is a part life equally or more important than the other one. Dedication to care. The beginning of a more rational questioning about what non-father and co-mother I wanted to be. An illiterate questioning, without the language strands that I would acquire later. Strands I am still learning to weave.

After those nine months of unemployment, back to the dynamics of a co-mother who also works out for money. Obviously influenced by the fact that my salary still was the main source of income, sometimes the only one, and my partner had made a career change after her training phase. She began to do what she really liked to do. A freelance precariat but a passionate one.

And underneath, underground streams accumulated since nearly two years earlier, fed back by the roles established by the system, continued to drill our micro-community until nine months later the divorce arrived. With all its shit, its stresses and defects, with all those things that stir the fact of putting in an legal document the dissolution of a micro-community, but after all, an uncontested divorce and a shared custody agreement; where the paper signed before a judge is a simple base in case an atomic bomb falls upon us, and in which we manage the rules/dynamics of our co-motherhood the best we know/can as the context changes.

Motherhood: stripping off the father role and addressing parenting by dismantling the mother role.

So, suddenly we found ourselves for a couple of years with a single-motherhood performed by the mother and the father every other week. The kids got along and the caring arrangement allowed us both co-mothers (now in a separated manner) to enjoy/suffer care work, enjoy the independence of those who have no kids in charge, and miss them from the third day they were in their other home. As a female friend told me, I’ll have to divorce just to have a deal like yours.

A few months after the separation, I started reading books that lined the shelves of a person I met, a person who became my partner. Readings, discussions, attendance to some lectures and workshops where a world of diversity opened in front of me. Very different views on many issues that armed me with words and helped me to express as a discourse what previously had only been feel-thoughts: transfeminisms, non binarism, performativity, privileges.

A year went by and my partner and I started living together. We co-care each other. And give and receive guerrilla, although she fights more. I’m just starting to take my first steps. She in the streets, a real activist. I softly fight in the online world, and at work, chatting with my colleagues at coffee breaks. Am I playing ballroom guerrilla?

Another year passed by and the mother of my children moved away for job survival reasons to the north after much thought. Moving away (physically). A difficult decision she tries to ease doing work raids to the south when she manages -as it will happen for a week since tomorrow- and holiday periods in which the kids travel north. A decision that the outside world -the one that mystifies motherhood- judges harshly because she is a woman, whereas if I had taken that decision (I might need to do in the future, and further north) it would judge it with pity and even acclaim as a proof that sometimes you have to do things you would not want for the sake of your children. She co-mothers bravely and difficultly in the distance.

Since four years ago when I got divorced, I do what any mother does nowadays, take responsibility of the pact of care subscribed to your kids and deliver it as my body allows/enjoys/suffers, making it compatible with the provision of resources and the needs/desires of throwing ropes to other ships. I am very lucky to have the help of a partner who met two children and has had its own accelerated journey from an initial coexistence with them to a co-motherhood (although she does not like to use that term, motherhood). And in any case, like any mother, and I look for the support of the tribe when the tribe is needed and it is available.

I do what any mother does, except for one crucial fact; the reading that the outside world makes on my situation and my actions for being a man and having the protective layer of privileges in this heteropatriarcal system we live in. A reading that conveys compassion (in the worst non-empathic sense of the word) mixed with admiration. A reading that will not apply to any of my female co-workers because they are women.

In this process women have been, through their daily struggle on the streets and within the homes, the persons that have allowed me understand the journey that the body was asking me to embark since adolescence. From the established and expected role as a father to perfoming a real motherhood. Developing the care pact with my children and seeking a balance between my own and our group needs/desires and the barriers that the system is continuously trying to impose upon us. Sometimes in a better way, sometimes worse, in form and results. I, like any other mother, but still privileged as a man.

[i] Martínez, Guillem -coordinador- (2012) CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española.Ed.: Debolsillo, Barcelona, 2012.

[ii] Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento

[iii] Del Olmo, Carolina (2013), ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Ed.: Clave Intelectual





Matar al padre que llevamos dentro: Un viaje desde el rol padre a la maternidad real

7 10 2014

Lo que aquí sigue se narra desde los recuerdos de una percepción íntima de mi paternidad y co-maternidad, o de mi viaje hacia la maternidad. Es una narración distorsionada por los filtros con que tamizamos las cosas cuando nos contamos nuestra historia a nosotros mismos. No puedo ni me corresponde contar la experiencia de maternidad de las personas que han compartido o comparten directamente los cuidados de mis hijos. Ni la de su madre biológica, ni la que ejerce mi compañera actual (aunque ella no lo quiera llamar así, maternidad) o el compañero de mi ex (al que no conozco lo suficiente).

Los primeros cuidados.

A los trece años recibí junto a mi hermana y mi hermano la siguiente noticia de mis padres: << sabemos que queríais una mascota desde hace tiempo, pero no va a poder ser. Vais a tener un hermano.>>

Solemos decir a veces en las comidas familiares que Ignacio tuvo cinco progenitores cuando era pequeño. No fue para tanto, pero sí es cierto que los tres hermanos mayores compartimos, en la medida de nuestras capacidades, la crianza con mi madre y con mi padre. Hablamos de: limpiar culos, cambiar pañales, ayudarle a dormirse, dar biberones, darle de comer, quedarse con él para que mi madre y mi padre salieran con los amigos, acompañarle, sacarle al parque, más tarde llevar a y recoger de la guarde, etc, etc. Todo lo que se podía hacer desde nuestra posición. Lo viví como una protomaternidad compartida, sin lo duro de la maternidad. Que yo recuerde la distribución de actividades no dependía del género. Habría que preguntar a mi hermana.

Aquella experiencia me gustó. Mucho. Me gustó la relación que se establece con el animal pequeño que se va convirtiendo en persona. Aquel tipejo es hoy un adulto que está esperando un hijo junto a su pareja. Mi hermano pequeño no es mi hijo, pero de alguna manera lo fue. Y se lo agradezco.

También hay que decir que en casa de mis padres, ambos trabajando fuera de casa, ha habido siempre o casi siempre una persona contratada unas horas al día que ha ayudado en los trabajos de cuidado.

Actualización: He preguntado a mi hermana. Ella (tres años más pequeña que yo) cuenta que los cuidados que pudiera haber proporcionado a mi hermano pequeño, tampoco recuerda tantos, no han dejado mucha huella en la relación con sus propios hijos. He preguntado a mi otro hermano (un año menor que yo). Recuerda la experiencia de cuidados proporcionados al pequeño y el buen efecto que ello ha tenido en él como padremadre. He preguntado a mi madre. Dice que mi padre y ella siempre intentaron que el peque impactara lo menos posible en nuestra vida como niñxs. Dejamos para otro día y otro texto los matices feministas de cada persona de la tríada de los mayores y los progenitores. Un texto sobre una familia maravillosa a la que amo. Y un texto con mucha CT[i].

El interior: el descanso de la guerrera.

Durante el instituto y la universidad ensoñaba con ser el descanso de la guerrera. Esa era la expresión que usaba para mí mismo. No la expresaba mucho en alto porque me miraban rarito. Al igual que me gustaba verme como futuro científico –aprendiendo no verdades, sino descripciones de cómo funciona la naturaleza-, eternamente aprendiendo, también me imaginaba trabajando en casa ocupándome del hogar, acogiendo a alguien que volvía de hacer cosas fuera, tener un pacto con una tía potente que se ocupaba de lo que tenía importancia en la sociedad mientras que yo me dedicaba a lo importante, parafraseando a los Krahe.

Por supuesto que quería hacer otras cosas aparte de cuidar. Y desarrollar la individualidad que se ve. Trabajar (fuera), dar y recibir, (a)liar(me) a (y con) la gente. Pero fuera del ámbito del mercadeo. Esas cosas me rondaban la cabeza.

Habiendo sido criado en un grupo familiar donde se ha hecho siempre un esfuerzo consciente para dar una educación igualitaria y no discriminatoria, pero donde las historias/herencias respectivas de los progenitores existen como en cualquier otra familia, podríamos decir que: tenía a la vez una cierta preferencia por roles asociados a lo femenino y una ignorancia total de ser portador y gozador de privilegios (como hombre y como persona educada en un mundo de afectos y colores). Privilegios que siguen teniendo mis hijos, con menos colores (o al menos lo intento).

Actualización: Ya no ansío como entonces ser el descanso de ninguna guerrera. Lo que me pide el cuerpo es dar y recibir descanso y también dar y recibir guerrilla. Si es en comunidad, mejor. Comunidad son muchos, pero también son dos, aunque en ese caso opino que hay que lanzar cuantos más cabos posibles hacia afuera para no perder la noción de que se es una microcomunidad en una Comunidad mayor. Yo todavía no soy muy bueno lanzando muchos cabos, antes era nefasto.

Ahora en la distancia, creo que todo esto del descanso de la guerrera en la adolescencia y la etapa de joven adulto tenía que ver entonces con tres elementos: de placer propio y ajeno, de poder, y de miedo. Los placeres –idealizados por la relación con mi hermano pequeño- del cuidar, y los placeres del cuidado sobre la persona cuidada; esto segundo es algo muy perceptible en la crianza. La sensación del poder afectivo sobre la persona cuidada; los cuidados tienen también ese reverso tenebroso. Y el miedo, la aversión profunda –no política sino visceral-, a trabajar por dinero.

El exterior: los roles establecidos.

El mundo de afuera, quedaba fuera. Hasta que abandoné mi ciudad, abandoné el doctorado para trabajar por dinero rechazando mi beca de investigación y mi entonces idealizado mundo académico, y me mudé a una ciudad desconocida con la persona con quien convivía desde hacía un año y con quien tendría mis hijos años después. A una ciudad grande, en la que las únicas referencias eran el trabajo remunerado y esa persona con la que compartía la vida, formando una comunidad de dos, pero desarraigada, sin cabos hacia la Comunidad. Hasta que el mercado entró en mi vida, o ¿yo me tiré de cabeza a él?

Recuerdo a mi padre en una breve conversación poco antes de tomar la decisión: Hijo, yo no creo que tú puedas desenvolverte bien en una dinámica empresarial, fuera de la academia o de un puesto de funcionario. Pero me monté un discurso racional y envolví en él con mucho cuidadito mi miedo visceral.

¿Contradictorio con el interior? Sí. Quiero pensar que de las contradicciones se aprende. A veces, se tarda mucho tiempo en aprender.

Fueron 5 años de éxito, si los medimos con la vara heteropatriarcal. Una vara que se me metió dentro y se agarró a mi columna. Largas jornadas de trabajo fuera, posiciones de cada vez más responsabilidad, aumentos de sueldo, cambios de trabajo. Nos casamos. De alguna manera, ambos componentes de la microcomunidad nos dejamos embriagar por esa dinámica que producía sensación de abundancia en los momentos de ocio. Yo seguía compartiendo los cuidados de la casa, pero mi dedicación al trabajo remunerado fue afectando poco a poco al reparto de cuidados, cada vez más.

Y vino, querido, nuestro primer hijo. Tanto durante el embarazo, como en su primer año de vida, la experiencia fue genial por una parte y participé en los cuidados, en todos los cuidados, todo el tiempo en que no estaba trabajando por dinero.

El trabajo estacional de mi compañera y la fecha del nacimiento del niño permitieron que me tomara su primer mes de vida de baja de maternidad, un mes que ella no habría podido disfrutar después porque ya habría acabado su contrato de aquel curso. Un mes ejerciendo como co-madre, co-madre de verdad.

Pero ese año también fue una experiencia terrorífica. Terminado ese primer mes, el mundo de afuera esperaba como si nada hubiera pasado. O mejor, aprovechando lo que había pasado: aquí esto está preparado para que tú proveas y ella cuide. El tío Sam wants you, que como eres hombre serás proveedor monetario, responsable de un grupo donde hay alguien que no puede valerse por sí mismo; and her, que como es mujer, recibe un salario menor y tiene estacionalidad laboral, se va a tener que encargar sí o sí de lo que no nos importa pero nos hace falta. Tú tienes que ser padre, y ella, madre.

Aunque compatibilizaba mi co-maternidad en los momentos en los que no trabajaba por dinero con mi paternidad proveedora, la tensión era evidente y fue creciendo durante ese año hasta enquistarse en una depresión. A veces solo quería quedarme en casa y dedicarme a mi labor cuidadora, otras, largarme y deambular por las calles con un carrito de la compra vacío. Romper el pacto bilateral con mi pareja y el pacto unilateral de cuidados que asumes cuando deseas hijxs y los tienes. Desaparecer para ser responsable solo de mí mismo y de mi supervivencia día a día. Desvanecerme en una individualidad que para nada veía por entonces como dependiente[ii]. A veces dije a la persona adulta que tenía más cerca: esta dinámica es horrorosa, pero la aguanto por vosotros, por ti y por el niño. ¡Ja! Descargando culpas hacia la micro-comunidad. Desde mi posición de privilegio, jodida pero de privilegio. Creo que en las depresiones desde el privilegio, más que en otros casos, uno suele descargar la culpa en los otros.

Baja por depre de casi un mes; bien por una parte, dedicado a los cuidados; luego vuelta de nuevo al curro remunerado, tensión insoportable, y búsqueda de un nuevo trabajo remunerado, de vuelta al sur. Esperando que el sur, la ciudad mediana y la cercanía de la familia extendida fueran la solución a las cosas. Escapando.

El sur y la ciudad mediana ayudan algo. La familia extendida te salva la vida… en cierta manera. Ayuda a afrontar los cuidados que sigues sin poder abordar. Pero no salva el abismo entre los roles establecidos. Aunque uno sea co-madre en cada momento en que se lo permita el trabajo remunerado. Solo le pone a tu rol co-madre un poco de tribu[iii] alrededor. Pero lo dicho, a veces se tarda mucho en aprender. En aprender a ver.

El rol de padre-principal-proveedor siguió preponderando, la carga de trabajo remunerado aumentando y tensionando las cosas, las labores de cuidado algo suavizadas por la tribu. Más por saber que estaban ahí y como suministradores de afecto.

Y vino, querido, el segundo hijo. Esta vez no pude tomarme el mes de baja maternal. El momento del nacimiento y la situación de estacionalidad de mi pareja eran las mismas. Pero el entorno laboral, pequeña-mediana empresa, no lo permitía. Habría sido despedido.

En los años que siguieron, la dinámica continuó siendo la misma. Co-madre cuando podía, trabajo remunerado interesantísimo royéndome por dentro y cambiando de nuevo un posible balance padre-co-madre por una situación algo esquizoide. Cambio de trabajo, dinámica ligeramente más favorable a la co-maternidad durante un año, luego desaparición de casa durante la semana y “los niños para ti” el fin de semana (justamente) durante unos meses; despido y nueve meses en paro.

Nueve meses de miedo por no poder proveer adecuadamente, pensando en qué pasaría si se alargaba demasiado el tema y terminaba la prestación. Pero nueve meses de disfrute de total co-maternidad. Nuestros hijos a menudo nos llamaban, desde antes: papá, ay!, mamá, dirigiéndose a su madre; mamá, ay! papá, dirigiéndose a mí. No sé si esto es un comportamiento habitual, como cuando tantas veces nos pasa a los progenitores al dirigirnos a nuestros hijos e intercambiamos sus nombres. Pero siempre quise creer que era una señal de que, a sus ojos, éramos co-criadores, co-madres por seguir utilizando el término que he venido usando hasta ahora.

Este fue un periodo de recuperación de cuotas atrasadas de labores de cuidado, ya que mi compañera inició una fase formativa que le ocupaba las mañanas. De recuperación de un rol querido por formar parte de la vida de forma igual o más importante que el otro. De dedicación a los cuidados. Inicio de un cuestionamiento más racional de qué no-padre y qué co-madre deseaba ser. Un cuestionamiento iletrado, aún sin los mimbres del lenguaje que luego fui adquiriendo y sigo aprendiendo a usar.

Tras los nueve meses de desempleo, vuelta a la dinámica de co-madre que también trabaja fuera por dinero. Sin duda pesando el que mi sueldo fuera la entrada principal de ingresos, a veces la única, con el giro profesional de mi compañera tras su fase de formación. Ella empezó a hacer lo que le gustaba de verdad profesionalmente. Precariado autónomo pero pasional.

Y por debajo, corrientes subterráneas que llevaban acumulando caudal desde casi dos años antes, retroalimentadas por  los roles establecidos por el sistema, siguieron horadando nuestra microcomunidad hasta que otros nueve meses más tarde vino el divorcio. Con todas sus mierdas, sus tensiones y sus defectos, con todas esas cosas que remueve poner en un documento oficial la disolución de una microcomunidad, pero al fin y al cabo, un divorcio de mutuo acuerdo y con custodia compartida; donde el papel firmado ante el juez es una mera base por si alguna vez estalla una bomba atómica, y en el que vamos gestionando como mejor sabemos/podemos las reglas/dinámicas de nuestra co-maternidad según va cambiando el contexto.

La maternidad: despojarse del rol padre y afrontar la crianza desmontando el rol madre.

Así que de pronto nos encontramos durante algo más de un par de años con una monomaternidad ejercida por la madre y el padre por semanas alternas. Los niños lo llevaron bien y el acuerdo de tiempos nos permitía a ambas co-madres (ahora por separado) disfrutar/sufrir con el trabajo de cuidados, disfrutar de la independencia de quien no tiene críos a su cargo y echarlos de menos a partir del tercer día que estaban en su otra casa. Como me dijo una amiga, me voy a tener que divorciar nada más que para tener un arreglito como el tuyo.

Unos meses tras la separación, empecé a leer libros que poblaban las estanterías de una persona que conocí y que se convirtió en mi compañera. Lecturas, discusiones, asistencia a algunas jornadas donde se abrió un mundo de diversidad para mí. Enfoques muy distintos sobre muchos temas que me armaban de palabras y me ayudaron a expresar como discurso lo que antes habían sido solo pensasentimientos: transfeminismos, no binarismo, performatividad, privilegios.

Pasó un año y mi compañera y yo comenzamos a vivir juntos. Nos co-cuidamos. Y guerrilleamos, ella mucho más. Yo apenas comienzo a dar pasos muy tímidos desde hace unos meses. Ella en la calle, de verdad. Yo poco a poco en el mundo online, y en el trabajo, hablando con mis compañeras y algún compañero. ¿Guerrilla de salón?

Pasó otro año y la madre de mis hijos se mudó por motivos de supervivencia laboral, tras pensárselo mucho, al norte. Alejarse (físicamente). Una decisión difícil que intenta paliar con incursiones laborales al sur cuando puede -como ocurrirá desde mañana y por una semana- y con los periodos de vacaciones en los que ellos viajan al norte. Una decisión que el mundo exterior –principalmente aquel que mitifica la maternidad- tiende a juzgar con dureza por ser ella una mujer, mientras que si la hubiera tomado yo (quizás deba hacerlo en el futuro y más al norte aún) la tendería a juzgar con lástima y casi ensalzarla como muestra de que a veces hay que hacer cosas que no querrías por el bien de tus hijos. Ella co-materna valiente y difícilmente en la distancia.

Desde hace cuatro años cuando me divorcié, yo hago lo que hace cualquier madre hoy día, hacerme responsable del pacto de cuidados que suscribes con tu descendencia y llevarlo a efecto como lo permite/disfruta/sufre mi cuerpo, compatibilizándolo con la provisión de recursos y las desesidades de lanzar cabos hacia afuera. Tengo la tremenda suerte de contar con la ayuda de una compañera, que se encontró con dos individuos en edad de crianza y ha tenido su propio viaje acelerado desde una convivencia inicial con ellos hacia una co-maternidad (aunque ella no quiera usar ese término). Y en cualquier caso, como cualquier madre, también acudo a la tribu de apoyo cuando es imprescindible y la tribu puede.

Hago lo que hace cualquier madre, salvo por un hecho crucial; la lectura que hace el mundo exterior –principalmente el entorno del trabajo remunerado- de mi situación y mis acciones por ser yo hombre y tener la capa protectora de los privilegios en este sistema heteropatriarcal en que vivimos. Una lectura que transmite compasión (en el sentido peor de la palabra, no empático) mezclada con admiración. Una lectura que no le aplican a ninguna de mis compañeras de trabajo porque ellas son mujeres.

En este proceso han sido las mujeres, con su lucha diaria en las calles y en las casas, las que me han permitido ir comprendiendo el viaje en el que el cuerpo me pedía embarcarme desde la adolescencia. Del rol establecido y esperado como padre al ejercicio de una maternidad real. Desarrollando el pacto de cuidados con mis hijos y buscando el equilibrio entre nuestras desesidades propias y de grupo, y las barreras que intenta imponernos el sistema. A veces mejor, a veces peor, en la forma y en los resultados. Yo como cualquier madre, pero aún con privilegios.

[i] Martínez, Guillem -coordinador- (2012) CT o la Cultura de la Transición Crítica a 35 años de cultura española Debolsillo, Barcelona, 2012.

[ii] Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento

[iii] Del Olmo, Carolina (2013), ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Ed.: Clave Intelectual





Nos ocupamos del mar (Carta a los hombres sobre icebergs, montañas e igualdad)

19 07 2014

Todas las cosas tratamos
cada uno según es nuestro talante.
Yo lo que tiene importancia,
ella todo lo importante.
Nos ocupamos del mar,
de Jorge Krahe y Javier Krahe

Queridos hombres,

es a veces tan difícil hablar con vosotros (entre nosotros), ocupados como estáis con lo que tiene importancia; tan ocupados, que no oís nada cuando se os menciona lo importante. Algo de lo que os quiero contar nos lo cantaron los Krahe cuando escribieron su canción, pero lo hacían un poco con la condescendencia de los buenos compañeros, narrándolo como si esa distribución de la vida, del trabajo, fuera algo natural que corresponde al talante intrínseco de cada persona según sea hombre o mujer. Muchos hemos estado ahí. Muchos siguen estando. La mayoría ni habéis estado. Como cuando se os llena a todos la boca si nombráis a vuestras madres, algo entre lo mítico y lo romántico. O a vuestras compañeras, si se ocupan de la intendencia de los núcleos familiares y/o de la descendencia, aunque ya lo veis menos edulcorado. Así, corriente y ordinario, como que no tiene mucho que contar si no es de pasada.

Como sé que el dinero y la ascensión en nuestro sistema de trabajo suele tener importancia para vosotros (nosotros), empecemos por ahí. Los feminismos, surgidos desde la posición de opresión de las mujeres y construidos por ellas, rebelándose contra el discurso que vendíamos como verdad, nos han tenido que narrar lo que sucede realmente y no lo que siempre hemos dicho nosotros que sucede. Primero, desde la economía feminista de la conciliación (EFC), al estilo de los Krahe, nos llamaron la atención de que había algo al otro lado del espejo, desluciendo algo el brillo plateado en que nos mirábamos ufanos. Vislumbramos un universo de trabajo relacionados con los cuidados, trabajo-reproductivo que le llaman, que estaba ahí.

Ilustración de J. Tenniel para A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de L. Carroll

Ilustración de J. Tenniel para “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”, de L. Carroll

Pero luego, desde la economía feminista de la ruptura (EFR) lo han roto del todo para que podamos ver bien al otro lado, ver que lo que tiene importancia, de lo que hablamos entre nosotros, solo es la punta del abeto. Y que lo importante es lo que realmente mantiene unido y hace andar el mundo, mucho más potente y sólido que lo de arriba, como los cimientos de cualquier casa. El tronco, las ramas y las raíces que se tocan y entrelazan; los cuidados y todo lo relacionado con ellos son lo que nos permite estar aquí: la maternidad, los afectos que nos ayudan a hacernos adultos, la logística de la vida cotidiana en todo nuestro recorrido vital, la atención en la enfermedad, la discapacidad y la vejez, etcétera.

Para que nos entendamos vamos a pintarlo. La EFR utiliza la imagen de un iceberg para representar lo que cuento en el párrafo anterior. Nada de lo que se realiza por encima

El iceberg de la vida (Iceberg de la economía).

El iceberg de la vida (Iceberg de la economía). Gracias a Astrid Ajenjo.

del nivel del mar en el dibujo tiene lugar sin un trabajo al menos por triplicado bajo la superficie. Un trabajo que no se reconoce como tal, que no se cuenta entre lo que tiene importancia y queda invisibilizado en el nuestro discurso (económico, político, artístico…).

A veces discutir del sistema en términos globales nos parece lejano, abstracto. O nos lleva a algunos a decir que, vale, el sistema será así, pero yo no. Usemos otro símil y así nos acercamos a nuestra situación como individuos. Vamos a pintar montañas.

Nuestra individualidad fantasiosa, dependiente, como los picos de las montañas.

Nuestra individualidad fantasiosa, dependiente, como los picos de las montañas.

Cuando nosotros hablamos, solemos gritarnos desde los picos de las montañas. Además, generalmente, solo hablamos de los picos iguales o más altos. El resto de la orografía nos parece menos relevante. Y las raíces de las montañas, que suelen ser de un orden de una 5 a 8 veces más profundo, que son la base de nuestras vidas, ni las vemos.  Son invisibles para nosotros.

Así funcionamos, creando una fantasía de individualidad, de lo que tiene importancia, que da por sentado que lo importante sucede sin más, de una forma mágica. Y sin embargo, esa individualidad es totalmente dependiente de los trabajos de cuidado que nos sostienen. Esos trabajos a los que han sido confinadas (por nosotros) a lo largo de nuestra historia las mujeres, produciendo una desigualdad bestial que hemos naturalizado.

Hoy en día, hay muchos de nosotros que argumentan que la desigualdad ya no existe. No al menos en la mayoría de los países del primer mundo con una legislación que consideramos avanzada. Pero la realidad es que casi lo único que hemos permitido es que algunas mujeres puedan subir a gritar a las cumbres. Y todo ello a costa de sobrecargar sus espaldas a la vez con todo el peso de las raíces de las montañas. O de aliviarlo un poco delegando algunos trabajos de cuidado en otras mujeres. Mujeres que deben descuidar a su entorno afectivo para ocupar, a cambio de un poco de dinero que facilite su subsistencia, el espacio de cuidado que abandonan las personas que gritan desde las cumbres.

Queridos hombres, es a veces tan difícil hablar con vosotros (entre nosotros), que hay que contaros historias de Alicia, de icebergs y de montañas, como a niños pequeños, para haceros vislumbrar lo que siempre os ha sido invisible. No hay igualdad si solo hablamos desde las cumbres. Tenemos que bajar a las raíces de las montañas a pringarnos también allí en igualdad con las mujeres. Tenemos que replantear el mundo de los cuidados junto a ellas. A nivel global y en nuestro entorno cercano. Pensadlo.

Termino esta carta dejándoos algunos textos para que leáis sobre todo esto… y penséis.

Un saludo,

Juan.

PS: Tras la escritura de esta carta, he empezado a leer el último libro sugerido en la lista de lecturas. ¡Altamente recomendable!

Lecturas:

Agenjo, Astrid (2014), Reflexiones feministas sobre la economía y la(s) crisis, disponible en http://goo.gl/qKYsmo

Agenjo, Astrid (2011),  Lecturas de la crisis en clave feminista: una comparación de la literatura en torno a los efectos específicos sobre las mujeres  , “Papeles de Europa”, 22, disponible en http://revistas.ucm.es/index.php/PADE/article/view/37936/36702

Del Olmo, Carolina (2013), ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Ed.: Clave Intelectual

Fernández, Eva, (2014), SOStener la vida, asamblear la crianza, disponible en http://www.pikaramagazine.com/2014/04/sostener-la-vida-asamblear-la-crianza/

Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento.

León, Carolina (2014), Oh, happy day, disponible en http://blogs.zemos98.org/carolinkfingers/2014/07/17/oh-happy-day/

León, Carolina (2012), Retaguardias (y vanguardias), texto y podcast, en http://blogs.zemos98.org/carolinkfingers/2012/12/01/retaguardias-y-vanguardias-parte-1/

Nanclares, Silvia (2012), todo sobre lo madre/copylove notas, disponible en http://blogs.zemos98.org/entornodeposibilidades/2012/09/05/no-todo-sobre-lo-madrecopylove-notas/

Pérez Orozco, Amaia (2006). “Economía: de icebergs, trabajos e (in)visibilidades”. En Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista: producción, reproducción, deseo, consumo, Laboratorio Feminista: pp. 233-255. Madrid: Tierra de Nadie.

Pérez Orozco, Amaia (2014). “Subversión feminista de la economía: Apuntes para un debate sobre el conflicto capital-vida.“. Ed. Traficantes de Sueños. Colección: Mapas. Disponible gratuitamente en PDF pero, si podéis, compradlo o al menos donad.