peter

6 11 2010

lo verdaderamente interesante
no es el eterno púber
ni las múltiples ninfas o madres
en sus formas aladas
o en camisones
ni las hordas de niños, de piratas, de indios,
ni el pobre cocodrilo

la clave irresoluta
piedra angular
que sólo se plantea
y no se desarrolla
apenas hilvanada con un mero pespunte

es la relación de peter con su sombra

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Eterna Sombra (M. Hernández)

30 10 2010

Centenario del nacimiento
de Miguel Hernández

Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.





estampa de velatorio (viejos escritos I)

25 08 2010

Casi amanecía. Las mujeres hablaban unas con otras, en voz baja, como para no despertar a la muerta. De tiempo en tiempo, una se levantaba y se acercaba a la cama permaneciendo de pie con los brazos cruzados, conversando con ella, arreglando asuntos que no pudieron quedar cerrados en vida por la premura con que sucedieron los hechos, o dándole recados que habría de transmitir a algún conocido que las había abandonado tiempo atrás. Nadie lloraba, pero todas tenían el rostro compungido. Los vestidos, las faldas, las camisas, todas de color negro, habían salido de los arcones en cuanto tuvieron noticia del evento y, desde ese instante, se habían convertido en las únicas prendas que podían ser llevadas si se deseaba cruzar el umbral de la casa.

La vieja entró en la habitación con una fuente llena de tazas repletas de un café también negro y humeante. Las fue repartiendo entre la concurrencia, intercambiando miradas ausentes con cada mujer que alargaba el brazo para hacerse con alguna de las tazas, guardando una fuera de las manos ajenas y reservándola para sí misma. Entonces fue a sentarse junto a la joven, bebió un buen sorbo a su café y le dio la orden. -Está a punto de salir el sol. Ve a buscar a los hombres.- Por su edad le correspondía ese papel; mientras las demás mujeres terminaban de arreglar sus cuentas con la muerta, ella tenía que buscar a los hombres y traerlos a la casa. Ellos la llevarían al cementerio.





Ithaca – brand new eyes for a journey

14 08 2010

Two years, one month and fifteen days ago I began this blog brand new eyes with this entry Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation in my late 30s. A blog like a path emerging from a previous stock, when I used to need crutches, a path which now has come to another bifurcation. It grew and it became what it is now, a poetry blog. A blog in English that became a blog in every language I am able to express myself, mostly and less incorrectly in Spanish.

Several weeks ago, again, a new bifurcation took place and the new tributary the journey took, once again, showed me that life is a journey. These years I’ve come to understand that I’m not a writer. I’m just a journalist of my heart and this is my evolutionary journal. Call me Charles, or Ishmael, or the White Whale for what it’s worth. And it is through this diary that I become the writer I am not. A log book that shows how poetry for me is just like music for others.

Those physical brand new eyes I got two years, one month and fifteen days ago have grown into more powerful warrior-traveler eyes, the same brand new eyes that I glimpsed when reading a curious book my father gave me at the age of fourteen. A book, he said, that illustrated his leukocytary interpretation of life. A journey that one must pursue as if it had a meaning knowing it is meaningless cause its destination is purposeless and only the journey itself counts.

So let this now rare non-poetry post celebrate all Ithacas, regardless of what they are, on purpose of what they give us. As Kavafis wrote:

Always keep Ithaca in your mind.
To arrive there is your ultimate goal.
But do not hurry the voyage at all.
It is better to let it last for many years;
and to anchor at the island when you are old,
rich with all you have gained on the way,
not expecting that Ithaca will offer you riches.

Ithaca has given you the beautiful voyage.
Without her you would have never set out on the road.
She has nothing more to give you.

And if you find her poor, Ithaca has not deceived you.
Wise as you have become, with so much experience,
you must already have understood what Ithacas mean.

Buenas noches. And thanks to all Ithacas yet to come.





cuando el mundo era inmenso – when the world was huge

29 01 2010
bajo una manta
mi linterna machete
jungla de libros
    under a blanket
flashlight as a machete
books as my jungle




de la otra parte del mundo

29 05 2009

Las cartas se espaciaban a veces un mes, a veces días, pero nunca llegaban en el orden correcto. En casos extremos, los saltos atrás habían llegado a ser de meses. Suponía que era debido a las dificultades de los caminos y a la diversa calidad de los servicios postales de esos países lejanos por los que iba pasando.

Partió como un mero conocido, pero todo fue cambiando a lo largo de los años. En los últimos meses, esperaba expectante su ya pronta llegada. Sobre todo desde la carta de hacía una semana. Fechada un año atrás, estaba inacabada. En medio de una frase, la tinta de la pluma corría como un rayo hacia el extremo del papel. Continuaba la misiva con otra tinta y letra, casi de tipo imprenta, mucho más comedida que la suya.

Querida señorita, lamentamos comunicarle que el señor ha muerto al recibir el impacto de una lanza zulú. Estos últimos días han sido terribles en la expedición. Dada la delicada situación en que nos encontramos, procedemos a cerrar el sobre y entregarlo al portador más joven que intentará escapar en la oscuridad de la noche. Mostrándole mis más sinceras condolencias, me despido de Usted,

el asistente del señor.





Circus: la crisis (i)

27 04 2009

El señor Orff se sentó a la mesa. El hule a cuadros verdes y blancos le daba algo de vértigo. Se lo había dicho al cocinero una y mil veces, pero a él sólo le interesaba la comida; lo demás le parecía accesorio. La lámpara de emergencia, la antorcha, como la llamaban normalmente, era la única fuente de iluminación en la pequeña sala separada de los fogones por una mugrienta cortina ignífuga. Orff llegaba el último como siempre, después de haber hecho la caja del día y asegurarse que la carpa estaba en orden, lista para la función del día siguiente. Su plato le esperaba. El olor de las truchas casi crudas, ligeramente pasadas por la sartén a fuego vivo, le traía siempre a la memoria los lejanos días de su niñez en que pescaba junto a su madre en primavera. Entonces las comía crudas de verdad, con un ligero regusto a musgo e insectos de río; ahora las prefería algo quemadas por fuera. Tantos años de pueblo en pueblo le habían humanizado y se sentía más integrado con el resto del personal si su comida tenía un aspecto cocinado, al menos por fuera.

Los demás estaban ya acabando su guiso, un gulash muy espeso y con demasiado pimentón, cocinado durante tanto tiempo que la carne se deshacía nada más meterla en la boca. La señorita Olie, la trapecista más anciana del mundo, terminó de deglutir despacio su último trozo de carne y sólo después lo miró de reojo. Orff esperaba ese momento. La señorita Olie era anunciada como Mademoiselle Turul, el halcón magiar, pero la verdad es que a su edad asemejaba más a un gorrioncillo. Aún recordaba cuando se la presentaron. Él, lleno del ímpetu y las ganas de comerse el mundo propios de la juventud. Se había divertido enormemente con los otros dos novatos que se habían sumado al equipo en aquella ronda de reclutamiento. El remolque era lo suficientemente grande para permitirles estar a sus anchas y habían jugado sin cesar todo el camino. Primero a la lucha, luego a adivinar en qué mano escondían la manzana, una de esas pequeñas, salvajes, en su punto de acidez y dulzura, más tarde a sacar la lengua por debajo de la lona que cubría el remolque para atrapar algunas gotas de lluvia y, finalmente, habían cantado como locos, desentonados, aunque por aquel entonces él no dominaba el idioma y se había limitado a seguirlos tarareando las melodías. Nada más pararse el camión, apenas se abrieron  las puertas del remolque, había saltado. Al aterrizar en el suelo, se dio de bruces con la tierra albariza, esponjosa, ligeramente empapada por la tenue pero persistente llovizna. Carl, ésta es la señorita Olie Turul, oyó decir al conductor. Cuando levantó los hocicos del suelo la vio imponente, mirando desde lo alto de lo que parecía un trono, enmarcada bajo un paraguas blanco resplandeciente que a modo de aureola distorsionaba los primeros rayos escabullidos de entre las nubes. Esa imagen quedó grabada en su memoria para siempre. Y aunque aquella esfinge fue transformándose a medida que él se incorporaba en un ser minúsculo y ligero, una mujer escuálida, ya por aquel entonces bastante anciana, que se desplazaba en silla de ruedas, jamás discutió el señor Orff el sobrenombre del halcón magiar, ni siquiera cuando, con su voto en contra, fue ascendido a director del circo.