sobre los cuerpos

25 02 2015

Las pocas veces que en un post he mencionado el tema de los cuerpos,
lo he hecho de pasada escudándome en la complejidad del asunto.
Ni mil palabras nos bastarían, dije. Tendrá que ser más tarde, dije. Me equivocaba.

De mi mente a mi cuerpo no encuentro las fronteras. No hallo las compuertas ni los pasos límite entre ambos. Los dos somos. Y así como empujo mi mente hacia lo que quiero y deseo, engullo, leo, escribo, aprendo, hablo, cuento, a trozos o entera… o callo si quiero;

así empujo mi cuerpo, engullo, leo, escribo, aprendo, hablo, cuento con mi carne, a trozos o entera, o callo si quiero.

Así como mi mente siente, deambula, y toma desvíos alejándose y volviendo una y otra vez a los derroteros que tenía tan sopesados;

así siente, deambula y toma desvíos o atajos mi cuerpo.

Más que un viaje, es un paseo. Voy al ritmo que quiero y puedo. Me paro donde me encuentro bien, a tomarme un café o a construirme un pueblo. Tanto si desde fuera percibes un conjunto de ideas raras o un cuerpo que no encaja en los trajes que tienes guardados en tu armario, el que sea, como si te parece que encajo perfectamente en ellos.

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Masculinidad y cuidados

18 10 2014

Este artículo ha sido instigado directamente por El Topo Tabernario. Aún está por decidir si aparecerá en su próxima edición en papel, pero os sugiero que os subscribáis y los apoyéis en cualquier caso. Suelen tener un material estupendo, escrito por gente inquieta y mucho mejor que este texto.

Hace poco escribí un texto sobre un viaje personal, un viaje lento que me ha llevado una vida, la que llevo caminada hasta ahora. El texto tenía que ver con la adquisición de la capacidad de ir comprendiendo y verbalizando cómo son las cosas, más que con la transformación de mi realidad. Comprender y verbalizar te facilita la toma de elecciones. Y he aquí que El Topo saca la nariz de la madriguera por casualidad, olisquea el texto –leo en National Geographic que los topos huelen en estéreo- y me hace una seña de esas del mus, así, levantando las dos cejas. Como invitando a que me cuestione algo. Y en cada ceja una palabra. Masculinidad. Cuidados.

Yo no tengo ni pajolera idea de cómo jugar al mus. Pero intento salvar la situación y en vez de hacer un gesto raro y parecer un estúpido, me pongo las gafas de topo cegato, la nariz de olisquear –lo del estéreo dudo que lo consiga- y los guantes con garras de desbrozar la tierra. A ver si mimetizándome de topo…

¿Masculiniqué?

Lo de la masculinidad es algo que oigo desde siempre. Parece importante, una cualidad abstracta que no me acabo de enterar muy bien de lo que va.

Empecemos leyendo con las gafas de topo. Dice la RAE[i] que masculinidad es la cualidad de masculino. Masculino parece ser un ser que está dotado de órganos para fecundar y lo perteneciente a ese ser (una rosa es una rosa es una rosa[ii]; estos de la RAE son unos poetas). También pone que masculino es varonil y enérgico. Y de esas dos palabras, la primera se refiere a una cualidad que pertenece al varón, que a su vez es: un ser humano de sexo masculino y un hombre que ha llegado a la edad viril y por el que se muestra respeto, y que tiene autoridad u otras prendas. Además, nos dice que varonil significa esforzado, valeroso y firme. Del hombre cuenta que es un ser animado racional, varón o mujer; pero luego aclara que mejor varón.

Por curiosidad miro lo de mujer, e indagando leo que hay temas de sexo femenino, que lo femenino es propio de mujeres, rasgos de feminidad, que me lleva de nuevo a femenino, más cosas de órganos de esos… y dos palabras, débil y endeble.

No me voy a meter con temas de órganos y cuerpos, que eso tiene mucha tela que cortar y no puedo alargarme aquí más allá de mil palabras. Usaré, simplificando mucho, el concepto aspecto físico para englobar esa “materialidad”. Con las mismas, tampoco me meto con lo de animado ni racional.

Y paro de leer. Si sigo leyendo a la RAE con estas gafas entro en un bucle recursivo. Así que pasemos a la nariz, que es más sensible en los topos y quizás dé mejor resultado. Olisqueemos las palabras. Snif, snif. Inspirando a ver si me inspiro… Y ¡pof!, inspirando se doblan algunas palabras de arriba y se ponen en cursiva.

¡Ajá!, así que todo esto de la masculinidad y ser masculino tiene que ver con el poder, respeto y autoridad ejercidos con firmeza por un grupo de personas sobre otro grupo al que se le atribuye debilidad. Y los poderosos son además esforzados, valerosos y tienen “otras prendas”. Claro, lo que pasa es que la realidad es usualmente narrada desde el punto de vista de los poderosos. Y aquí, se han retratado.

Es decir, que me da en la nariz sensible que la masculinidad es, hablando en plata, la expresión del poder y los privilegios de un grupo con cierto aspecto físico. Punto, nada-más.

De la materialidad de los cuerpos, órganos, hormonas y todo eso, ya digo, otro día. Que si se hace en serio, de verdad que es muy complicado. Haría falta una nariz cuadrafónica por lo menos. Ni mil palabras ni el estéreo nos bastarían.

¿Quién nos limpia el culo?

Con los cuidados no voy a usar la RAE. La nariz sí, pero la mía; no me hace falta la postiza hipersensible. Porque la mía en modo mono ya basta para oler el tufillo que me llega. A mierda y profundidades de la tierra[iii][iv][v]. Así que a partir de ahora, solo los guantes de topo, con garras de desbrozar.

Y la primera pregunta que sale escarbando es ¿quién nos limpia el culo? Porque esto de los cuidados tiene su connotación afectiva y su faceta obvia de asistencia a aquellos que más lo necesitan por ser aún menos autónomos que la mayoría (menores, personas ancianas y/o dependientes), pero va mucho más allá. Va de limpiar todos los culos, también los de los que ejercen la masculinidad. Nadie, ni el más masculini-mucho, es autónomo. La sensación de individualidad autónoma es una fantasía[vi]. Y si nos quitan a quienes nos limpian el culo, nos desmoronamos. Nuestra brillante individualidad se viene abajo si nos quitan a las personas que nos lo limpian ya sea por opresión o a cambio de dinero, dejando entonces de poder limpiar ellas culos más queridos y cercanos.

Ya sé que la mayoría diréis que el culo os lo limpiáis vosotros mismos. Pero tomad vosotros los guantes de topo e intentad desbrozar un poco más. Me refiero a todas las clases de culo: culo-limpiar-la-casa, culo-hacer-la-compra, hacer la comida –aquí no pongo el culo pegado que me da repelús-, culo-lavar-tender-la-ropa, culo-oírte-y-hablarte cuando te hace falta, culo-dejarte-espacio-y-tiempo-para-hacer-lo-que-te-apetece y te hace sentirte persona-individual y no solo persona-limpia-culos. Me refiero al acto de limpiar-culos-y-crear-las-condiciones-para-que-el-colectivo-y-cada-persona-que-lo conforma-viva-una-vida-digna-de-ser-vivida.

Masculinidad y cuidados.

Ahora sin disfraz de topo, respondiendo al envite del tálpido tabernario, en vez de un cuestionamiento filosófico sobre masculinidades, nuevas o viejas, los cuidados y estas cosas que están tan de moda, solo me sale una frase exigente a las personas del grupo de los masculini-esos: Depongan su posición opresora, entreguen sus privilegios y pónganse a trabajar limpiando culos con las demás por el sostenimiento de una vida digna de ser vivida para todas. Como hacen el resto de las personas. Ni más, ni menos.

 

[i] Diccionario de la lengua española (22.ª edición), Real Academia Española, 2001, consultado el 14 de octubre de 2014.
Nota: En las últimas horas, la RAE ha hecho públicos ciertos cambios en la vigésimo tercera edición de su diccionario. Cambios que, en lo que respecta a esta entrada del blog, hay que celebrar. Sin embargo mantendré el post tal y como fue originalmente escrito hace unos días. Desgraciadamente, las personas a las que va dirigido, y que componen una mayoría de la población masculina y un número importante de la feminina, siguen manejando en sus cabezas conceptos que siguen ediciones del diccionario anteriores incluso a la vigésimo segunda.

[ii]Sacred Emily, poema del libro Geography and Plays de Gertrud Stein, disponible en http://www.gutenberg.org/files/33403/33403-h/33403-h.htm#SACRED_EMILY

[iii] Pérez Orozco, Amaia (2014). “Subversión feminista de la economía: Apuntes para un debate sobre el conflicto capital-vida “. Ed. Traficantes de Sueños. Colección: Mapas. Disponible gratuitamente en PDF pero, si podéis, compradlo o al menos donad

[iv] Nos ocupamos del mar. JuanLara, disponible en https://brandneweyes.wordpress.com/2014/07/19/nos-ocupamos-del-mar-carta-a-los-hombres-sobre-icebergs-montanas-e-igualdad/

[v] Un iceberg en mi asamblea. Carolina León, disponible en http://blogs.zemos98.org/carolinkfingers/2014/09/23/un-iceberg-en-mi-asamblea/

[vi] Hernando, Almudena (2012), La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento





Hegemonía y performatividad: una introducción para mí mismo.

26 06 2014

Por el mar corren las liebres, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, por el monte las sardinas, tralará, por el monte las sardinas…

Vaya por delante que no he leído ni discutido lo suficiente de ninguno de los temas en los que me meto en este post. Algo sí, pero ni de lejos lo suficiente. En cierta medida voy a hacer lo mismo que critico cuando personas sin formación científica usan conceptos científicos para montar discursos que no tienen nada que ver con la percepción/”intento de descripción” de la naturaleza. No voy a poner citas, otra cosa que criticaría (mucho) pero el caso es que no pretendo escribir un artículo “serio” y el torbellino que tengo en la cabeza se desharía en el camino con la búsqueda de tantas referencias. Reconociendo todo esto, este post es simplemente un ejercicio en voz alta para ayudarme a mí mismo a poner en orden e ir reflexionando sobre algunas ideas, remezclando pocas propias y muchas de multitud de fuentes. Pues eso, POST:

Olvidemos por un momento el significado antiguo de las palabras. Cuando digo antiguo me refiero a la foto presente, a la primera imagen estática que nos viene a la cabeza. El significado de las palabras va cambiando. Olvidémonos entonces de ese significado actual que ya es antiguo, y mirémoslas a través de todo el recorrido histórico que las ha ido cargando de distintos matices semánticos. Cambiando su significado un poco cada vez que las reproducimos, cada vez que las actuamos -cuando las nombramos y a la vez hacemos algo a lo que nombramos en ese momento con esa palabra-. Primero esbozándolas, luego definiéndolas, más tarde haciéndolas maleables, adaptándolas a las necesidades. Necesidades que pasan por tener un lenguaje común que nos permita entendernos. Pero que también moldean el propio significado de las palabras para “fijar” o “mover” la realidad y la concepción de la realidad.

Hegemonía

La hegemonía es la piedra angular del juego de fuerzas,  de las relaciones de poder, entre los distintos grupos sociales con proyectos de futuro. Entre esos proyectos puede estar tanto darle la vuelta al sistema como dejar las cosas como están. Los proyectos pueden ser más o menos rígidos, más o menos difusos, pero su ejecución siempre es mutante, táctica, ya que conforme avanza debe adaptarse al juego de fuerzas con los proyectos de los otros grupos. El poder hegemónico es el ejercido por el grupo social que posee la representación aceptada de la realidad en un momento dado, el grupo que consigue imbuir su concepción del mundo en los otros sin que estos perciban que renuncian a sus propias particularidades, de manera que controla las formas de relación e instala en el resto de la sociedad lo que conocemos por “sentido común”. Los conceptos comúnmente aceptados de las cosas. Hablando en términos maniqueistas, el poder hegemónico no es de por sí bueno ni malo. Es el que describe la representación y la interpretación de la realidad comúnmente aceptada en cada sociedad. Y de esa manera la normativiza, nos dice lo que tiene que ser y lo que no.

Dado que el poder hegemónico busca a toda costa mantener su posición, a menudo comienza intentando destruir y desacreditar los conceptos introducidos por otros grupos y, si ve que el equilibrio de fuerzas -el statu quo- está en peligro, los va asimilando y disolviendo en su propio discurso, haciéndolos suyos. Claro que es posible que otro grupo le de la vuelta a la tortilla y el poder hegemónico cambie de manos. Cuando esto pasa, no implica que cambie totalmente  el “sentido común”. A veces, a la gattopardiana, cambia todo para que nada cambie, sobre todo en los ámbitos que los grupos que se suceden en la hegemonía consideran como “naturales”. Sería idiota negar que hay cosas naturales, propias de la naturaleza. Al fin y al cabo partimos de la naturaleza, del cuerpo. Pero “lo que se considera natural” es algo que va más allá. Es la verdad, la lista de cosas que no se pueden cambiar de acuerdo al sentido común, algunas porque son naturales y otras porque se asumen como tales. La línea entre las liebres y las sardinas, o lo que pueden y no pueden hacer unas y otras, o qué o quién puede ser una liebre o una sardina.

PerformatividadVer nota abajo.

Esta palabra es un anglicismo, pero aún no he leído ningún texto en castellano en el que se traduzca en uno o dos vocablos. Así, en palabras muy simples, la performatividad es la capacidad del lenguaje, de un enunciado, de realizar la propia acción que declama. Los enunciados performativos crean, actúan, a la vez que describen la acción. El ejemplo clásico (clásico hoy, porque es el que usa la wikipedia) sería la frase “yo prometo… lo que sea”. Es el mismo acto de pronunciar la frase el que la ejecuta, la actúa y hace real el acto de prometer. De hecho, es necesario enunciarla para actuarla y tornarla realidad. Esta capacidad del lenguaje de enunciar y actuar, creando o modificando la realidad, ha hecho que se use la palabra performatividad en otros ámbitos más allá de lo meramente lingüístico.

La propia palabra persona viene de “la máscara del actor” (πρόσωπον), ‘sonar a través de’, la máscara del actor en la tragedia griega que tenía una función acústica, haciendo de caja de resonancia del discurso y proyectándolo hacia la audiencia. Leo en una entrada del instituto Cervantes que un estudioso del siglo XV del vocablo persona dice que «se dize que por sí mesma suena, e sonando de por sí demuestra a sí mesma». La verdad es que siempre estamos performando. Podemos decir que lo que vemos de cualquier ser humano son las acciones que hace, y que actuando se expresa y conforma la realidad del ser humano que el resto percibimos. No me refiero solo a la acción física, también a la acción de hablar, escribir, de comunicarse de cualquier forma. Incluso al pensar, en el autodiálogo que establecemos, nos autorepresentamos y conformamos nuestra realidad del ser-humano-yo. Hacia afuera y hacia adentro, creamos la persona que somos a medida que la actuamos. Pero esta actuación no es un monólogo, ni siquiera un diálogo entre varias personas donde el lenguaje (entendido de la manera más global posible) puede irse adaptando rápidamente. Porque performamos con los mimbres que tenemos, aunque sea para hacer cestos nuevos. Algunas mentes sesudas argumentan que ni si quiera es posible hacer cestos nuevos, como mucho pintarlos un poco.

Estos mimbres para tejer nos los da el poder hegemónico. Así que al ser personas, actuamos/performamos en una suerte de tensión entre un diálogo (inter)personal, intencional y activo intra/entre individuo/s, y otro impersonal, inintencional y normativo, estructural, con lo hegemónico en el que adoptamos un papel pasivo, en el que somos objeto de observación. Dialogamos y nos observamos/somos observados. De la misma manera, al performar existe una tensión entre la reproducción que reafirma el significado normativo de los conceptos y la reproducción que los subvierte y empuja/intenta transgredir sus límites, resignificándolos. Actuamos, reproducimos, resignificamos y… ¿(nos) creamos?

Nota: Ha sido Judith Butler la que ha revolucionado nuestra forma de entender muchas cosas con sus tesis sobre la performatividad, la identidad y el género. pero no voy a abordar el tema género e identidad por ahora. Tengo que estudiar y elaborar mucho más para hacerlo.





Reocupar las maternidades (una reescritura)

22 02 2014

Al leer en Pikara el artículo Desocupar la maternidad de Brigitte Vasallo, me llamó la atención una frase que era planteada como clave del problema para articular dicha desocupación.

Soy hombre cis, algo rarito pero cis, y con una historia sexual hasta ahora hetero (vamos, con una apariencia muy normativa). Escribir desde esta posición puede resultar espinoso. Pero lo maternal, lo madre, me toca.

Dice Vasallo en uno de sus últimos párrafos que probablemente la maternidad como concepto no tenga solución posible, unido como está necesariamente a las mujeres y, a su vez, a una concepción de mujer totalmente biologizada.

La frase en cuestión me había llamado la atención porque mezcla dos aspectos muy distintos de la maternidad y reforzaba el vínculo sexo-género y una concepción binarista. Quiero creer que la autora no pretende eso. Pero la leo y plantea que el sexo-mujer, como elemento indispensable en el aspecto biológico de la maternidad, tiene una relación biunívoca con el aspecto social, relacional y de cuidados de la maternidad, con la construcción cultural de madre.

Nunca he estado muy cómodo con la naturalización de las costumbres. Como cuenta De Waal en El simio y el aprendiz de sushi, muchas especies animales de todo tipo transmiten rasgos de comportamiento que han sido tradicionalmente asociados con el instinto, con lo natural, a través de la cultura. La biología acota o potencia ciertos rasgos, pero hay muchos comportamientos construidos culturalmente a través de las sucesivas generaciones y narrados como naturales.

Y es ahí donde me choca la frase del artículo de Vasallo. Porque plantea una semi-rendición ante el hecho consumado de que el orden hegemónico existente liga el condicionamiento biológico (solo las mujeres pueden tener hijos) con la fuerte relación emocional que se establece con la descendencia. Un orden que pretende naturalizar dicha relación con el género femenino.

Como sostiene Hernando en La fantasía de la individualidad, defender la existencia de algún tipo de vínculo esencial entre lo masculino y el sexo de los hombres y lo femenino y el sexo de las mujeres dificulta en sumo grado la lucha por la igualdad. Y la igualdad que persigue Hernando no es pacata, es una igualdad trasfeminista, donde no haya estereotipos normativos a los que las personas deban de ajustarse por tener un cuerpo diferente.

Claro que al enunciarnos como madres nos afirmamos desde una categoría relacional, como sujetxs-en-tanto-que, como identidad-relacional que el patriarcado visibiliza solo en el sexo-mujer y niega en el sexo-hombre. Pero debemos reapropiarnos del lenguaje, no para desocupar la categoría madre, sino para reocuparla con nuestras maternidades. Ser madre (la identidad-relacional) hay que visibilizarlo tanto como las otras facetas de nuestra identidad. Sacar a la luz esos vínculos con tu descendencia (tener hijxs) y con lxs demás madres (con maternidades similares o distintas a la propia). Visibilizar las maternidades en las diversas formas en las que las ejerzamos ante el patriarcado y ante (¿aquí me la juego?) algunas de nuestrxs compañerxs feministas. No limitarnos a tener hijxs (en el sentido a que apunta Vasallo).

Ser madre es desaparecer, sí, porque se nos excluye de la narración de la historia, de lo-que-se-hace. No creo que la estrategia esté en vaciar la categoría, creo que está en que seamos narradas.

Creo que la maternidad feminista pasa por reapropiarse de la categoría madre, contarla y sacarla fuera, expandirla en la línea que indica zemos98 cuando nos aboca a que Hablemos de lo madre. Lo queer aquí es que vomitemos su contenido haciendo visible la importancia de los vínculos, de lo relacional/emocional, en la misma medida que hemos usado la acción/lo-racional. No hacerlo es limitarse a contar lo que el patriarcado considera contable. Hagamos que lo que aún es privado, incluso en algunos ámbitos feministas, aparezca y se haga realmente visible, público.

Sin duda el discurso pasa por la realidad. El orden patriarcal nos plantea como irresolubles todas las situaciones que plantea Vasallo en este apartado de su artículo. Y sí, tener hijxs incluye un compromiso de crianza, porque los cuidados ligados a nuestras maternidades te imponen una dedicación sostenida que no se da ni en intensidad ni en extensión temporal en otras relaciones con lxs adultxs que eliges relacionarte/vincularte.

Esos techos de cristal que el patriarcado no-ve-pero-con-que-limita a quienes hoy por hoy se ven obligad-A-s a ejercer los cuidados hay que pintarlos y visibilizarlos. Esos techos existen en todas las escalas de poder, no solo profesional, y en todos los desarrollos de nuestras otras identidades/individualidades.

Pero parto de una posición en el orden que marca el patriarcado que no se acerca ni por asomo a la de Brigitte Vasallo, es una posición de privilegio. Soy consciente de que ello limita la traslación de mi experiencia. ¿Quizás solo debería dirigirme a mis pares en el patriarcado?

Los cuidados (y las maternidades como paradigma de los cuidados) dibujan líneas de nivel que me ayudan a saber hasta dónde quiero llegar. Desde mi posición, es cierto que en gran medida me las dibujo yo. Hago por repasarlas cada día para que las vean claramente, sobre todo donde menos las ven lxs otrxs que me narran la realidad con visión patriarcal.

No solo por defender mis círculos de cuidado, sino por utilizar las maternidades, la mía y la de lxs que me rodean como palanca de cambio. Las decisiones que toman las personas con posiciones de poder por encima de esas líneas, prácticamente todas sexo-hombres, suelen ser las decisiones más opresoras y reproducen las trampas del orden patriarcal. Son decisiones que sí o sí habría que tomar desde dentro de esas líneas, de forma comunitaria, teniendo en cuenta lo relacional.

Reapropiarnos de nuestras maternidades y redes-maternizarnos (no desmaternalizarnos) puede ser un arma válida. Suscribo las ideas de base que Brigitte Vasallo plantea y las críticas que hace. Pero opino que la desocupación de la categoría patriarcal de madre pasa por tomar la categoría al asalto y no por vaciarla.

Por mis características personales nadie me ha preguntado con asombro cuando los ha visto a mi alrededor, ni siquiera “ah, pero… ¿eres padre?”. Si se hubiera dado el caso, habría contestado: “no, soy madre. Tan madre (en lo relacional), ni menos ni más como su otra madre (relacional y biológica)”. Porque esos son los tipos de vínculos/cuidados que quiero tener con ellos, y los que quiero que desarrollen, mucho más importantes que las relaciones que el discurso patriarcal narra para su categoría padre.





las posesiones

16 05 2012

siempre dije tenerte y
quería decir estar,
dije a mi lado
y pensaba cerca

cuesta romper con la herencia de un lenguaje recibido

era cómplices lo que realmente andaba en mi cabeza





sex is overrated

23 02 2011

sex’s overrated
unless you really like it
then it’s just for fun





weariness

14 10 2010

only the flavour
of the morning cigarette
pulls out last night one’s